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viernes, 4 de abril de 2014

Casa de Valencia

Paseo del Pintor Rosales, 58
Metro: Argüelles (líneas 3, 4 y 6)
Especialidades: arroces (paella mixta, valenciana, huertana, marinera, de verduras, negro, a banda, senyoret, con bogavante, con langostinos, con chipirones y ajetes, con carabineros meloso en caldero, caldoso de rape y almejas), fideua, escalibada de bacalao, vieiras gratinadas, cocochas de merluza al pil-pil, salmonetes de roca, habitas tiernas con jamón de jabugo, fritura levantina, chopitos encebollados, desgarrat de bacalao con pimientos y cebollitas, surtido de verduras a la plancha, pimientos del piquillo rellenos de marisco, bacalao marinado, ensalda de bogavante, perdiz ecabechada, tournedo rossini, nido de helado valenciano con crema de chocolate caliente, profiteroles, sorbete de mandarina y de higo, tarta de naranja, leche frita...



La persistente discusión sobre lo qué es y no es una paella es quizá el mejor ejemplo, aunque no el único, de las cotas de estupidez que alcanza el fanatismo gastronómico. No son pocos los yihadistas levantinos que, invocando la tradición, el buen hacer y, sobre todo, la pureza, dan lecciones magistrales de irritante precisión. Al final siempre extraen la misma conclusión a la hora de juzgar paellas ajenas: "no es como la de mi madre, como la de mi abuela y, por supuesto, tampoco como la mía"... para este viaje no necesitamos alforjas.  

El talibán paellero, además de coñazo, es dogmático e intolerante. Sale por ahí en busca de paellas que desprestigiar. En cada dentellada tiene presentes los ingredientes, el recipiente, la preparación, el reposado, etc...;  imparte cátedra entre el resto de comensales amargándoles el banquete... y, como no es suficiente, ejerce el vituperio en internet lanzando fatwas contra aquellas paellas que no son de su agrado, es decir, todas. Y, paradojicamente, en vez de concluir que al ir a un restaurante no debería pedir paella, ya que nunca va a estar al nivel de su exigencia, insiste una y otra vez en un claro acto de masoquismo sádico en el que el placer que obtiene desacreditando supera a la reiterada decepción. 

  
Yo, a diferencia de mi bloder el Lolo que echa onzas de chocolate a las pizzas con chorizo, no soy amigo de riesgos en el plato. Pero exigir una especie de limpieza étnica a la comida resulta denodadamente hortera. Si la cocina de aquí es en la actualidad referente y vanguardia en el panorama gastronómico internacional es  gracias a la osada perspicacia de una generación de cocineros (no tan insurrectos como pícaros), aburrida de esa cocina canónica de volovanes, soufflés, aspics, rellenos churriguerescos y cochinillos mordiendo manzanas.  

Probablemente dicha inflexión sólo consista en poner la técnica al servicio de la imaginación y la materia prima, en vez de someter el plato a rigores trasnochados. Las normas están fundamentalmente para incumplirlas. Sólo una civilización que arriesga, prospera. 
La Casa de Valencia ofrece un surtido incontinente de arroces que aquí puedes llamar paellas (aunque lleven chistorra y gominolas), pero en Valencia no... ni se te ocurra. Recientemente fuimos allí un destacamento hambriento para probar esos arroces que los blogueros juzgan con indulgencia y saña.  

Puede que fuese por los torrentes de priba que aturdían mis neuronas o porque no entiendo de análisis cuando tengo hambre, pero comí hasta el último grano que había en plato y me hubiera comido dos más... platos, no granos. Si pedimos poco es porque es caro tratándose de arroz. La autopsia de la cuenta revela lo arriesgado del asunto. Que el pan (blandengue) cueste 2,5€ habría sido motivo de alzamiento en el siglo XVIII. En las croquetas el jabugo estaba en espíritu. Estuve a punto de preguntar qué llevaba la masa ya que necesito fijar unos baldosines del baño que se han caído. 

Al mismo tiempo liquidamos una sepia con ajo y perejil que fue del agrado de todos... sobre todo tres horas después... re-merendando a lo dromedario. Los postres no eran muy allá, salvo la leche frita. Y tuvieron el detallazo de sacarnos un plato de frutos secos custodiado por un porrón con licor y de no cobrarnos los digestivos que pedimos cuando flojeaban las piernas. Sin duda el plato estrella, en sus distintas modalidades, es el arroz... con el grano suelto y acompañado de un ali-oli sulfúrico... en fin, se me hace la boca agua. 

El resto de platos no sé si están a la altura, pero merece la pena el desembolso por el simple hecho de entrar en el local y respirar esa atmósfera que evoca a las marisquerías de vía de servicio de principio de los 80. ¿Quién no ha ido a un bodorrio, bautizo o comunión a un sitio así... con aparcacoches, fräuleins adiestradas que te guardan el abrigo, camareros genuflexos, acuarios con bogavantes y la ornamentación atrabiliaria del palacio del Canto del Pico de Torrelodones?  Sitios así, indudablemente, tienen sus público; ya sea por la calidad de sus platos o porque la fuerza de la costumbre de la burguesía herrumbrosa tiene connotaciones patológicas.
 
En la medida que el alcohol expiraba en los vasos, los ojos detenían partículas de luz y polvo filtradas a través de la vidriera, el olfato detectaba efluvios del ocedar que encera las maderas, el oído cedía al chirriar de cubiertos que rallan la loza, y el juicio, abandonado a la única libertad que es la de la embriaguez, retornaba por un momento a la infancia, a aquella España ingenua, obsesa y acomplejada en la que el lujo era bajar de un Mercedes 190, a las puertas de Bocaccio, escoltado por una querida llamada Ketty con el pelo cardado y abrigo de astracán.
 
Dos mesas más allá, sacados de un fotograma de "Mamá cumple cien años", una simpática ancianita soplaba las velas de su 173 cumpleaños asistida en el esfuerzo por sus nietos prejubilados. "El último cumpleaños de la yaya"... piensan, pero el año que viene volverán a "La Casa de Valencia" para celebrar que la puta abuela, con su cruel supervivencia, envejece al resto de la familia. 
 
Son casi las seis y media de la tarde. Hora de irse. Han sido tres fantásticas horas de cocción a fuego lento rodeado de buenos amigos. Creo que eso debería bastar, sea o no una paella de diez. Cuando uno expira sus días postrado en una cama, recuerda días así.

Arnyfront78

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