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Mostrando entradas con la etiqueta Centro- Malasaña. Mostrar todas las entradas
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lunes, 14 de julio de 2014

La Camocha

C/Fuencarral, 95
Metro: Tribunal (líneas 1 y 10)
Caña (no hay botellín): 1,50€ (Amstel)... buen tamaño.
Tapas: canapeses, aceitunas, ensalada campera, mejillones a la vinagreta...
Especialidades: tortilla española y asturiana, patatas al cabrales, fabada, callos a la madrileña, entrecot a la pimienta o al cabrales, tabla de quesos asturianos, cabrales (batido o natural), lacón con cachelos, verbena de ahumados, pastel de cabracho, albóndigas, fabes con almejas, revuelto de morcilla y piquillo, pulpo a la gallega, pimientos del padrón, empanada, oreja  a la plancha, croquetas de cabrales, solomillo de ternera al ajo arriero o con salsa de anchoas, bacalao a la riojana...






Parece que el número de gente encabronada con La Camocha, el conocido mesón de la calle Fuencarral, no tiene límite. Al leer las crispadas quejas que los sufridos comensales vierten en las plataformas de opinión (rollo Tripadvisor, 11870, Yelp, Salir.com, etc...) me planteo si no resulta más útil adjuntar la hoja de reclamaciones junto a la cuenta y el café, por aquello de ahorrar tiempo a todos.
Joy F. dice en Yelp que "el chorizo a la sidra sabe a mierda sosa"; que al decírselo al camarero, éste le echo la peta y que, acto seguido, tiró una copa de sidra sobre el regazo de una de sus amigas.


Otro usuario anónimo de Salir.com dice que les prepararon en tres minutos almejas a la sidra, croquetas y huevos rotos (hay serias sospechas de las dotes telequinésicas del cocinero). Además las almejas eran grises y con una textura extraña por lo que concluye en darle una estrella porque no se puede dar menos. 
Veghita, por su parte, nos exhorta a que "jamás pidamos un café" ya que es el más repugnante que había tomado hasta la fecha. Además dice que las mesas están pegajosas y que los camareros, más que servir, lanzan las consumiciones.
Por último, menos airado y con mucha más retranca, Nabor R. afima en Yelp que "tomarte unas copas, cenar en la Camocha (con bien de cerveza) y después montarte en el metro para ir a casa es como echarle Fairy a la lavadora".
También hay buenas críticas... son las menos.  


Es evidente que La Camocha agasaja y mima a su clientela de una forma algo áspera; pero joder, no es para tanto. Creo que es una cuestión de expectativas. Para los que andamos jangueando por la city sin rumbo ni meta, dejarse caer por La Camocha y tomarse un par de cacharros no supone un acto heroíco ni traumático. El aperitivo ni fu, ni fa... la caña tiene buen tamaño... la sala no está sucia... las raciones no son caras... el ambiente es distendido... Eso sí, los camareros no van a ganar el "premio naranja" a la simpatía.  El que nos sirvió llevaba la cara de mala follá que tendría Albert DeSalvo si fuese la asistenta de Mariló Montero. Y creo que su compañero se motiva para ir al trabajo escuchando el "Reign in blood" de Slayer. 
Ahora bien, si reservas mesa para llevar a unos amigos de Ribadesella vendiéndoles una velada de ensueño en un chigre como los del Principado es muy probable que cuando vayas a verles al norte te planeen un picnic rodeado de osos. 

A La Camocha no se puede ir rebosante de entusiasmo, ni siquiera con esperanza de degustar una cocina excelsa. Basta con plantarse ante esa fachada luminosa como un Pussy show de Bangkok, distinguida por la silueta de un escanciador angoleño con gorro de la CNT y todo más verde que la pota de un vegano, para intuir que por mucho que tengan zona wifi y asen pollos para llevar, Tony Genil jamás hubiera podido componer Turandot. La Camocha está bien para planes fortuitos y carentes de pretensiones... porque estás por Malasaña y se te antojan unas papas con cabrales o una tortilla asturiana... para desfasar jarreando con los amigos... para una primera cita de eDarling con un cincuentón de Logroño y, sobre todo, para hacer un simpa coral tras un festival de rondas. Al final lo que queremos es quedar con los colegas aunque los chorizos a la sidra sean salchichas con tintorro.

 Y poco más que decir... todo lo bueno y malo que se puede decir de un bar cualquiera que alimenta a la tropa por poco dinero. Es una pena que la desmotivación y una gestión errática desaprovechen un emplazamiento privilegiado y unas infraestructuras que ya querrían muchos empresarios hosteleros. La otra Camocha de Fuencarral 114 (que cerró sus apuntaladas puertas hace unos meses), donde los suflés capilares de las doñas de Chamberí no dejan ver el sol, tenía más gracia. Le sobraba lo que le falta a ésta: buenos aperitivos y un poquito de rumba. Era más cutre y viscosa... lo único que la diferenciaba del comedor de un geriátrico era que los blisters de la mermelada no estaban caducados y, aún así, tenía bastantes clientes habituales. El visitante más fiel de La Camocha de Malasaña es el repartidor de barriles de Amstel. 
¡Un chigre asturiano no puede tener nuggets de pollo. Es como vender consoladores en una mercería!

Arnyfront78

viernes, 9 de mayo de 2014

Bar Prado

Corredera Alta de San Pablo, 6
Metro: Tribunal (líneas 1 y10)
Botellín: 1,40€ (Mahou)
Caña: 1,30€ (San Miguel)
Vermú: 1,90€ (Cañí)
Tapas: papas con chistorra, paella, empanadillas congeladas, ensaladilla rusa, champis...
Especialidades: minis, bocatas, alitas, morcilla, gambas al ajillo, croquetas caseras...


Cuando hace apenas un año nos embarcamos en esta aventura chuza y gamberra de beber mucho y escribir a ratos, teníamos claro que el propósito no era hacer una guía al uso. Para buscar restaurantes formidables, tabernas cuquis y bares en los que petar a base de jarrotes y aperitivos ingobernables, ya tenéis multitud de webs y blogs de gran utilidad que nosotros leemos con interés y respeto. Gracias a esa amplia red informativa hemos descubierto bares fascinantes y descabellados que ahora frecuentamos. Pero hay muchos otros, la mayoría, que quedan fuera de juego. Bares que a nadie importan, que nadie busca en internet pero que son la médula espinal de este país que vive en la calle porque, sin duda, es más sustancioso que estar en casa. 

Hablo del bar de la esquina, el del primer café de la mañana, el que tiene el nombre del dueño o del pueblo donde nació, a donde bajas a comprar tabaco y a ver el partido atragantado por unas bravas. Todos esos bares irremediablemente anónimos, postergados por la virtud y desdeñados por causa de la manifiesta desidia o de la ingrata rutina, iluminan y maquean las calles, plazas y avenidas de nuestros pueblos y ciudades. Precisamente el hecho de que sigamos bajando al bar a tomar la caña, el chato o el café de rigor, a pesar de que nos cueste el triple que en casa, es lo que nos diferencia de esa Europa madrugadora y estreñida que observa con asombro como en el sur la vida siempre se abre paso a pesar de las dificultades... la escuela de calor... calor climatológico y humano. 

Hace un par de años estuvimos en ese espectacular y panorámico departamento francés que es Normandía. Lo más alegre de aquellas hermosas tierras es el cementerio de los caídos alemanes... por aquello de que ya no se volverán a levantar. No he visto gente más sosa, pálida y disciplinada en mi vida. El resto septentrional del continente... tres cuartos de lo mismo, ya han cenado cuando nosotros estamos con los postres. 
De ahí, mi sincero homenaje a todos esos hombres, mujeres y grifos que con su esfuerzo diario, escasamente recompensado, no dejan que nos homologuemos a esos cabeza cuadradas del norte que entienden que la vida hay que disfrutarla con reuma y una sonda. 
Un tugurio de esta guisa es El Prado. No nos referimos a la cafetería de la calle Ferraz de la que dimos cuenta hace un par de meses, ni tampoco a la ilustre pinacoteca madrileña, a pesar de que echando un vistazo a su interior se podrían encontrar rescoldos de El aquelarre de Goya, sino a un bar aparentemente corriente pero verdaderamente insólito. 

Ni la oferta de minis de cerveza y sangria, ni el mega proyector comprado para deleite de los yonkis del fútbol son reclamos suficiente para ocupar esta inefable guarida en la que los botellines no están baratos (1,40€), los aperitivos suplican una "solución final" y parece estar decorada por un enemigo del dueño. Sin embargo, desde el primer momento que cruzamos esa fachada monopolizada por el kraken pintado en la vidriera, algo me decía que estaba ante un bar único, excepcional, bendecido por Calíope, poseedor de identidad y predisposición destructiva.  En la primera visita el panorama no podía ser más desolador y magnético a la vez: al fondo dos señoras, cruzando el rubicón del ocaso, en chancletas, legañas con almíbar y sudadera "Adistras", compartían un mini de nacional mientras remolcaban con la cuchara un volquete de ensaladilla rusa. En la pared, se proyectaba el Real Madrid - Almería del día anterior como si fuera un cine-forum. Un señor mayor lo veía dormido. El camarero, un sudamericano con el pelo de Enrique Cerezo, premió nuestra osadía con unas patatas frías con chorizo caliente. 

A nuestra derecha, postrada sobre la barra, una mujer ajada, con el pelo rubio-ceniza pero no de L´Oreal sino de los pitis, agarraba un vaso de tubo con un extraño fluido gris marengo como si le fuese la vida en ello. Confesaba con congoja a otro parroquiano que su madre le había enseñado a despescuezar pollos en el pueblo cuando tenía siete años. Eso, sin duda, marca una vida; si no que se lo digan a Clarice Starling con los corderos. De repente, entraron dos "metal forevers" que se prometieron no volver a lavar los New Caro el día en que los Maiden crujieron la Canciller.  Pidieron la bebida oficial de un heavy: jarra de birra helada... sin aperitivo... por supuesto... comer es de nenazas. 
Todo en general iba adquiriendo matices esperpénticos, lisérgicos, casi místicos.... cajas y barriles desperdigados, "Jungle Jane" y "La diligencia" tragando y escupiendo leuros, estampas religiosas, vasos que se caían cada cuatro minutos, un lienzo de inspiración naif que bien podría representar la plaza de al lado (San Ildefonso) o la plaza del campanile de Florencia e incluso una remesa de tercios de True Blood por si se deja caer Bill Compton. 

La segunda visita de hace una semana no fue tan bizarra; seguramente porque estuve menos tiempo y bebí con moderación. No obstante el ambiente era igual de espeso y atemporal. Creo sinceramente que El Prado es un ovni perteneciente a una civilización arcaica que se ha quedado atrapado en un planeta, Malasaña, demasiado sofisticado para su subsistencia. Y en ese ovni hay marcianos, o tal vez seres humanos, como tú o como yo, que no tenemos cabida en ese mundo de guapos y guapas. 

Arnyfront78

miércoles, 22 de enero de 2014

Naif

C/ San Joaquín, 16
Metro: Tribunal (líneas 1 y 10)
Cerveza: 1,50 (Budweiser)(sólo en barra), 2,50 el doble y 3€ el tercio
Tapa: nachos con una crema de atún o con crema de queso.
Especialidades: hamburguesas (clasica, cheeseburger, mexicana, ibérica, cajún, vegetariana, con todo...), sandwiches, baguettes, enrollados, nachos, quesadillas...


En la zona confinada por las calles Fuencarral, del Pez, la plaza de Juan Pujol y Manuela Malasaña se está librando una guerra cruenta, encarnizada, en la que se dispara a los rehenes (los consumidores) al gaznate, en la que se sangra ketchup. Un número a todas luces disparatado de locales que, en su día, fueron pescaderías, pajarerías o tahonas han sido alquilados por pequeños empresarios para destinarlos al sobreexplotado sector de la hostelería. 


Esto conduce al consiguiente absurdo que supone la existencia de manzanas de edificios con 40 locales de pizza, sushi o tartas como las que hacía la yaya haciéndose la competencia unos a otros. Es verdad que desde el medioevo el comercio ha venido ubicándose de forma gremial. Estaban el Arco de Cuchilleros, la calle de Bordadores, la Ribera de Curtidores y, por supuesto, Vinateros en Moratalaz. Así que, si querías comprar un orinal sabías que debías buscarlo en la calle de Latoneros. Pero el excedente de bares y restaurantes  en Madrid (alguien debería hacer un recuento riguroso para esclarecer cuántos ciudadanos hay por bar o, incluso, cuántos bares hay por ciudadano) parece que tiene más que ver con la idiosincrasia descabellada de un país reducido a ser el puticlub de Europa que con la organización cabal del sector servicios. 


Así, calles como Espíritu Santo, La Palma, San Andrés y la Corredera Alta de San Pablo evocan ese capítulo de Los Simpson en el que todas las tiendas de un centro comercial son Starbucks. La consecuencia... darwinismo puro y duro entre buscadores de oro en los cauces secos de una "Sierra Madre" madrileña en la que nadie parece prever que, como al final de la película, el viento devolverá los sueños dorados a la montaña. En concreto, hay una escalada bélica a base de bunkers de pan de espelta, bratwurst antiaéreos, napalm de guacamole y blindados de carne de kobe torturado con audiciones de las danzas polovtsianas del príncipe Igor; siempre a la búsqueda de hamburguesas, sandwiches y perritos perfectos. 


Como no somos ajenos a las tendencias (aunque sólo sea para evidenciar lo ridículas que son), nos adentramos en la calle San Joaquín donde localizamos del orden de cinco a seis locales especializados en la newave de la fastfood (la llamada finefood), aquella que pretende reinventar, dignificar o resetear lo que entendemos por "comida rápida": mierda que está rica. Por supuesto que las míticas hamburguesas del bar Lozano (a 100 ptas en 1995), que podréis encontrar casi llegando a la plaza de San Ildefonso, quedan fuera de la gincana. El resto son, bien sucursales de franquicias maquilladas (Steakburger bar), cursiladas con velas para comer el sandwich leyendo a Paul Auster, el Senf que siempre está cerrado, el Burger Lab, el Naif y una grow shop que debería hacer hamburguesas también... a las finas hierbas. 


Estuvimos recientemente en el Naif tan atraídos por las críticas lisonjeras como por las adversas. Antes de entrar advierto que la terraza se emplaza sobre sustratos de potas metageneracionales. Porque, aunque parezca mentira, el vídrio, el  vinagre, las mezclas más abstrusas en litros de coca-cola recortados y Johnny Barden de los Last Resort berreando en un loro medio escacharrao rejuvenecían a un barrio sucio y espontáneo que ahora sigue con la misma roña pero que ha devenido en previsible, pedorro y aburrido. 


Sólo con pasar el sobrio dintel de entrada uno percibe que todo ese esfuerzo que los responsables del Naif o de cualquier otro garito de la zona hacen para identificarse y distinguirse de los demás les ha llevado a lugares comunes, a remedar patrones de corrección estética que sólo conducen al empacho: amplitud desaprovechada y estéril, asepsia industrial en la puesta en escena, platos correctos pero no extraordinarios, váteres acicalados para parecer trasgresores pero que no van más allá de ser el excusado de Hello Kitty y, por supuesto, una clientela, de la treintena en adelante (la que tiene panoja), egoista, frívola y conservadora.  


La chavalería que antaño atestaba las calles, plazas, portales y garitos no tiene cabida en la Malasaña actual. A la juventud, sin curro y chantajeada por la condescendencia pecuniaria paterna, sólo le queda mandarse whatsapps, fumar macas en los bancos, comer hamburguesas de un pavo y follar en los arbustos. Y lo peor es que parte de esa clientela que vaga de restaurante en restaurante buscando hamburguesas que hagan juego con su ropa de diseño es a menudo quisquillosa a la hora de exigir un servicio inmaculado sin tener en cuenta el trabajo ajeno. Digan lo que digan las críticas, en el Naif se come bien. Las hamburguesas están ricas, jugosas y tienen un tamaño muy aceptable para lo que cuestan. 


Lo mismo pasa con los sandwiches, quesadillas, etc..., el sitio es agradable, limpio, los camareros son educados, eficaces, temáticos ( un chaval muy majete con kit de mod de famobil, un excéntrico con gorro con plumín, gafas de pasta, cabeza rapada y barba de mujahidin, un enrolladete de los que curran para ligar y una chavala seca pero amable) y atienden rápido para lo lleno que está siempre. Lo único jodido es que los asientos son incómodos. Estás tan cerca del vecino de al lado que te permite practicar ese deporte tan lucrativo e insolente que es oír conversaciones ajenas. Nosotros fuimos en domingo y estaba hasta la bandera. Coincidió que justo acababan de dejar libre la mesa del corner. Allí fue donde nos empotraron. Pedimos una birra, agua, dos hamburguesas (la de todo y la ibérica), una ensalada césar (fresca, con una pechuga de pollo de verdad, no aglomerado) y una bizcochona tarta de zanahoría. 


Que la carne es mejorable... por supuesto. Que se podían tirar el rollo y hacer unas papas fritas de acompañamiento en lugar de los snacks que ponen... pues también es verdad. Que los hipsters que piden mesa deberían saber la diferencia entre ir a la moda y parecer insectos... no cabe duda. Pero al margen de opiniones sesgadas, exigencias palaciegas y pajas mentales de zampabollos que gracias a los blogs se creen gourmets, salí del Naif con la grata e inusual sensación de que no me habían robado y de que la hamburguesa perfecta es cualquiera que comparta con mi chica.

PD: Domingo 13 de abril del 2014... 16 hrs y pico... la gente apura sus postres. Mi chica (embarazada) y yo nos dirigimos al camarero, el mod de palo, para que nos dé mesa. Nos dice que las únicas mesas que puede darnos son dos banquetas para comer en la barra y un rincón donde estuvo preso Ortega Lara. Miro alrededor y hay cuatro o cinco mesas amplias desocupadas que pretenden dar a grupos de cuatro. Evidentemente nos fuimos pero le tenía que haber preguntado si podíamos comer en el retrete.
"El que siembra con mezquindad, cosechará mezquindad; el que siembra en abundancia, cosechará también en abundancia".
(Pablo de Tarso)

Arnyfront78



lunes, 28 de octubre de 2013

Petisqueira I & II

Petisqueira
C/Churruca, 6
Petisqueira II
C/ Mejía Lequerica, 17

Metro: Tribunal (líneas 1 y 10)
Caña (no hay botellín): 1,75€ (Cruzcampo glacial)
Tapas: abundantes, variadas y grasientas...papas con chorizo y carne, guiso de patatas con patatas, trozos de pizza casera, mini-cheeseburgers, berenjenas rebozadas, papas a lo pobre, sandwichitos, tortilla de patata, revuelto de morcilla....
Menú a 12,95€. 
Especialidades: Chuletón trinchado, carabineros a la plancha, pulpo a la gallega, callos, lacón....









Siempre recordaré la primera vez que visité La Petisqueira por una anécdota que nada tiene que ver con el sitio pero que creo representativa de los tiempos que corren. Cogiendo el metro en Lucero, camino de Tribunal, se montó con nosotros una niña feucha, bajita, vulnerable... como si aparentase más años de los que realmente tuviera pero creyésemos que es al revés. Iba sola, con la mochila del cole en la espalda, despistada, captando cada movimiento del vagón o de la gente con inquietud. Hizo trasbordo, como nosotros, en Príncipe Pío para coger la línea 10 que lleva a Malasaña. Esperaba la llegada del tren cabizbaja, como si quisiera ser invisible ante el hostil trajín de personas. 

Entonces recordé como mi hermano jugaba en el pueblo cuando era pequeño, cómo iba y venía sin que nada ni nadie, aparentemente, pudiera dañarle. Y me sentí mal por vivir en un sitio en el que a los niños que andan solos se los puede llevar la mano un extraño. Casualmente se bajó en Tribunal, por un momento parecía que nos seguía como hacen los perros abandonados que corren hasta reventar detrás del primer coche que aparezca sabedores de que, aveces, el riesgo es mejor que el abandono. Alcanzada la calle, mi chica le preguntó si estaba perdida, si sabía a dónde iba... y con una leve sonrisa desvalida dijo que iba a buscar a su madre al trabajo. ¿Qué mierda de mundo estamos haciendo en el que, por necesidad, los hijos tienen que ir a recoger a los padres al curro en vez de al revés?... 

La Petisqueira es un aposento ideal para cañeadores no profesionales, para aquellos/as que se quedan atrás por miedo a los efectos incontrolables del alcohol pero que, al mismo tiempo, les avergüenza mostrar a los demás sus límites. Por cada caña (que se bebe de un trago ya que es pequeña) sacan una cantidad ingente de aperitivos, así que, la poca priba que se ingiere por ronda sumado a la compensación causada por la zampa ayudan a controlar y contrarrestar el pedo. Si eres de los que vas a tomar birra o chatos y orillas la tapa hacia el camarero, éste no es tu sitio. 

La última vez que estuve fue un viernes noche y desconocía que hubiese servicio de guardería; por eso aprovechan para bajar la calidad de la tapa a base de masazas (sandwiches, mini-burgers, pizza) que engullen veinteañeros con cráteres de acné. Entre semana el asunto está mejor: revuelto de morcilla, tortilla de patata, algún que otro guiso... aunque también son propensos a las sempiternas patatas con chorizo o chistorra que acaban como un Tango Adidas en el estómago. Otra opción son las raciones... generosas en cantidad, correctas en calidad. 

Destaca también por la limpieza, tanto del local como en la comida y en las uñas de los camareros. En los comentarios que circulan por internet hay quien lo compara con "El Tigre" de la calle Infantas... nada que ver, en la Petisqueira te puedes comer la tapa sin esperar sorpresas animadas.  Los camareros son educados sin ser estirados. Hay un portugués del atléti bastante enrollado y una camarera con gafas que tiene muchas ITV´s selladas en eso de tirar cañas.

Antes de pagar me fijo en dos chavalitos con choflas que hablan de temas académicos con una morena de labios carnosos y una trenza como la de Rapunzel. Uno de ellos viste inadvertidamente, el otro lleva una "H" de Harvard o Hogwarts en un jersey naútico comprado en el Mulaya. Intuyo que querrían cabalgarla. Que a cada palabra que sale de esa boca rosada fantasean con expectativas que, se cumplan o no, alimentan hasta la mitad de la vida. Luego llega la hiperplasia de próstata. 
Carpe diem chavales!!!!

Arnyfront78

domingo, 2 de junio de 2013

La Taberna de La Copla

C/ Jesús del Valle, 1
Metro: Noviciado (línea 2)
Botellín: 1,30€ (Mahou). Grifo de Mahou
Tapas:  Preguntan qué quieres de aperitivo. Huevos duros, ensaladilla rusa, empanadillas y croquetas congeladas, aceitunas...
Especialidades: Los vinos, cazuelas a 5,50€ (bacalao al pil pil, pisto con huevo, fabada, rabo de toro...), tostas a 5 y 6€ (jamón de bellota, salmón marinado, anchoas de Santoña...) y las patatas de la copla.
https://www.facebook.com/pages/Taberna-de-La-Copla/662695683745878 


Me gustaría clasificar como "Top secret" algún que otro hallazgo tabernario como éste, pero qué coño... voy a compartirlo con vosotros. 
Jesús del Valle es una de esas calles que amenaza fatiga al divisar las cuestas que apuntan hacia Malasaña. Nace en la calle del Pez, muere en Espíritu Santo y sólo conoce de edificios provectos y algún que otro pequeño negocio con visos de echar el cierre definitivo en breve. En el número 1, compartiendo inmueble con otros dos bares y con una pequeña zapatería (reparación de calzado Alberto) que anuncia en su escaparate: "tapas en el acto" (de las que saben a cuero), se encuentra este agradable oasis inmerso en un desierto de impostores. 

La Taberna de la Copla es, sin duda, lugar de parada y fonda obligatoria en la zona. En sus muros color crema se homenajea a los hombres y mujeres que, durante décadas, rompieron su voz por una España pasional y genuina a la par que miserable y doliente. Las fotos de Pepe Marchena, Antonio Chacón, Concha Piquer, Antonio Mairena y de muchos otros peones del cante, evocan un pasado que se esfuma con la memoria de los muertos. Un rincón para reflexionar sobre lo cerca o lo lejos que el hombre actual se encuentra del campo, de la mina, del pan y de los suyos. También queda espacio para tomar aire después del trabajo, sea cual sea el laboreo, con un botellín frío y asequible (1,30€), acompañado de un huevo duro daliniano, tan ovoide como una luna en cuarto menguante. 

 La camarera, que supongo también es dueña, es la viva imagen de cómo sería Nicola, esa cockney encabronada de "La vida es dulce" de Mike Leigh, con 20 años más y habiendo superado sus conflictos personales. Gracias a esa cercanía, nada afectada, tienen una cartera de fieles vecinos que se pasan a charlar un rato por allí mientras se mojan los labios, con mesura o con exceso, contemplando unas tinajas que de tanto beber vino se han ganado una jubilación dorada como elemento decorativo. Merece la pena echar un caño en el váter de la planta baja para ver la cripta. Es una caverna lo suficientemente iluminada como para matarse las cañas cuando de arriba te echa una canción de Rosario. Dividida en secciones, me recuerda a la galería del crimen del Museo de cera de Colón, sólo que, en lugar de toparte con los empalados por la inquisición, puede que te asuste algún Ray Liotta de Las Vistillas poniéndose cantaditas de detergente sobre el aparador estilo "Lolailo XVI" que hay al fondo. El mueble es fascinante, se parece a los que tenían nuestras abuelas allí donde teníamos vetado entrar; un altar engalanado con tal cuidado y cariño que era el objetivo principal de nuestro balón de fútbol.   

Otrora podrían haber compartido vino y queso allí, Juan Belmonte , "El Gallo" y Rafael Gómez Ortega "El Lagartijo", hablando de lo nobles que son los toros y lo malos que son los hombres. Y al escuchar el quebranto recio de Rafael Farina pidiendo vino amargo porque dentro lleva la amargura de un querer, quizá soltasen alguna que otra lágrima por aquel morlaco que, sobre la arena ensangrentada, les explicó, con una mirada libre de reproches, de qué va eso de estar muriéndose. 

Arnyfront78

miércoles, 1 de mayo de 2013

El Picoteo de Malasaña

C/ Manuela Malasaña, 7
Metro: Bilbao (Líneas 1 y 4)
Botellín: 1,50 (Mahou)
Grifo de Amstel
Tapas: Canapés y unas cuantas aceitunas.
Especialidades: Rabo de toro, setas a la plancha, huevos rotos con jamón, parrillada de verduras, solomillo con foie, chipirones rellenos, pulpo a la gallega...
 Menú por 10€ 



Cambios. El Picoteo de Malasaña está en estado de pupa, es decir, en proceso de larva a imago... o al revés. Ya no es chicha ni limoná, ni ibérico ni paletilla, ni bodeguilla costumbrista ni calcomanía del MOMA, ni acogedor cenáculo de actores como era antes ni un elegante modernódromo como pretende ser. Las medias tintas siempre conducen al desastre. De hace más de año y medio a este tiempo se aprecia que la transformación del local ha sumido al Picoteo en un limbo desconcertante, algo así como si una exposición de BANNI fuese ejecutada con materiales del Leroy Merlin. ¿Está bien para tomarse una caña?... sí. ¿Pero lo elegiría teniendo en cuenta la oferta de la zona?... no. El euro que costaba el botellín de Damm hacía aceptable lo que ahora no lo es por 1,50€ (aunque sea Mahou); es decir, una tapa biafreña (siguen con el cenicero de aceitunas y los canapés de fe). Además, si las cañas fueran más pequeñas habría que lamerlas.  
 
¿El servicio?... bien, igual que antes. Camareros jóvenes y exóticos; pero en esto no soy muy fiable. A mí suele bastarme con no saber que el camarero se acaba de medir el diámetro del pene con mi vaso. ¿La comida?... pichí-pichá... hay fervientes partidarios de las manos del cocinero (sobre todo cuando hablan del menú del día que cuesta 10€), pero también hay otros que, por lo que pagaron eligiendo a la carta, les gustaría verlas amputadas por alguna sharia culinaria. La conclusión lógica que se puede extraer es que el valor de lo que hay en el plato oscila entre los 10€ de la satisfacción y los 25€ de la indignación. 
 
Y poco más... que volvimos a ver qué tal y nos fuimos pensando que, en lugar de adaptar la máxima Lampedusiana puesta en la boca del ambicioso Tancredi Falconeri: "Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie", deberían asumir que, a veces, para cambiar algo es necesario no cambiar nada. 
 
Arnyfront78



 Texto antiguo (1-5-2013):

No es habitual que los dueños de los restaurantes y bares de Madrid salgan a posar cada vez que un famoso visita su establecimiento. Me resisto a creer que en cada sitio en el que Enrique San Francisco se abastece le saquen una instantánea para prestigiar el asunto. De ser así tendríamos fotos suyas por todos los bares de la ciudad. Pero hay determinado perfil de hostelero que, rozando la psicopatía, empapela su local, de arriba a abajo, con fotos de políticos, empresario, misses, narcos y cualquier persona que sea merecedora de figurar en tan delirante hall of fame

El dueño del Picoteo de Malasaña, al que no tengo el gusto de conocer, está trabajando en ello. Decenas de fotos de actores penden de la pared encima de las mesas. No te quedan más cojones que comer vigilado por la Cantudo, Faemino y Cansado, Beatriz Carvajal (que hacía de una simpática lumi tartaja llamada la Loli en el "Un, dos, tres") y multitud de actores más que, al trabajar en el teatro Maravillas, que está justo enfrente, se han pasado a soplar y yantar por allí y, de paso, han echado una firmita a su foto en honor a los callos con garbanzos o el  salmorejo del cocinero. Aún así parece más comedido o cabal que Parrondo y ha posado con la star de turno en una de cada cuatro fotos. Todo esto me recuerda a una película de Fellini llamada "La ciudad de las mujeres" en la que Mastroianni se topa con un egomaníaco que tiene una especie de santuario con las fotos de todas las mujeres que se ha ido tirando a lo largo de los años con un dispositivo debajo de cada una de ellas que reproduce los gemidos que hacían durante el coito. 

Parece que todas estas prima donnas de los fogones prefieren obviar la máxima de Rilke que dice que la fama es la suma de los malentendidos que se reúnen en torno a un hombre. 
Otro clásico de orgullo hostelero es trufar el local con medallas, copas y títulos gastronómicos. Desconozco si el Picoteo tiene alguno; lo que sí tiene enmarcada es una reseña del Metropoli, el suplemento de ocio de El Mundo, con un titular enigmático: "casero con nombre oriental". ¿El picoteo de Malasaña un nombre oriental?... una de dos, cuando escribieron la reseña tenía otro nombre o el columnista estaba de absenta. Lo de casero es verdad, el menú que cuesta 10€ lo es. Los currelas que sobre la hora de comer ocupan mesa dan fe de ello. 
Estuve por allí el pasado día de San Valentín. Lo que más se acercaba a seres enamorados era un hombre muy mayor besando a unos huevos rotos. El resto eran grupos de chavales cañeando y el Totenham Hotpurs vs Olympique de Lyon silenciado por la charla abrasiva de novios que relacionan el amor con las letras de Bon Jovi y con el dinero que se gaste su pareja en regalos.

Las opiniones del personal vertidas en internet respecto al sitio son controvertidas, desde que las tapas son grandes y la carne de ciervo espectacular hasta que han servido una sepia en mal estado. No me fío de unas ni de otras. El volumen de clientela suele ser un criterio más fidedigno a la hora de juzgar un sitio que las experiencias iluminadas del personal. El sitio me parece neutro, ni muy acogedor ni perturbador. Los camareros son jóvenes, atentos y sin manías de perro viejo pulgoso. La tapa es muy cortita, pero pasable teniendo en cuenta que el botellín cuesta 1€ (pinchito de morcilla y unas olivas). Lo único inaceptable es que parecía que el botijo había sido incubado bajo la huevada del camarero... alarmantemente tibio. Puede ser que los metiesen a enfriar hacía poco pero eso hay que avisarlo. Eso no se le hace a un alcoholíparo.

Arnyfront78

miércoles, 20 de marzo de 2013

Sagasta Vinos

C/ Sagasta, 2
Metro: Bilbao (Líneas 1 y 4)
Botellín o caña: 1,80€ (Amstel)
Tapas: Aceitunas acompañando a una rebanadita de cabrales, sobrasada, queso, chorizo o salchichón  
Especialidades: Creo que nada 




Con este texto, Tabernomaquia quiere inaugurar la sección: "¡Te sableamos pero cómo molamos!". Se trata de delatar, apellidar y ajusticiar a esos sitios donde no hay razón alguna para volver a tomarse ni un vaso de agua. Como es habitual empiezo contradiciéndome porque el primer reo va a ser un bar al que he vuelto por segunda o tercera vez. Lo importante no es que hayas estado antes o no, sino que la última visita haya marcado un punto de inflexión para tomar la lúcida decisión de no pisar más por allí. Es obvio que es un análisis puramente subjetivo, así que, si a ti lector, los sitios mencionados te parecen cojonudos, puedes ahorrarte el alegato de defensa. Y si os dejáis afectar por nuestro veto es cosa vuestra.

Sagasta Vinos es una tasca senil situada junto a la glorieta de Bilbao que seguramente has visitado o, al menos, has pasado por delante. Anclada entre una óptica marciana y una agencia de Halcón Viajes llama la atención enseguida por su fachada de madera color bermellón que, en lo alto, anuncia solamente: "Vinos". Algo así siempre promete. La esperanza de encontrarse ante un abrevadero de los de antaño obliga a hacer parada. En honor a la verdad el sitio es un museo y como tal te cobran. Ni las fotos del Madrid antiguo, ni la acumulación de reliquias cutres y latas de conservas con el cartón demacrado, ni la solera (con la que gran parte de tascas centenarias justifican el cobro de un impuesto revolucionario a sus clientes) dan derecho al expolio. Si me cobras una caña a 1,80€ quiero que saques un puto plato abundante (aunque sea una mierda) o de calidad (aunque sea escaso)... mejor ésto último. Pero no cuatro aceitunas acompañando a un canapé con cabrales, sobrasada, chorizo, queso o salchichón... con el pan de ayer y lo demás de antes de antes de ayer. La lista de precios, extremadamente artera, comprende los precios de caña+tapa, vino+tapa y yo creo que incluso de vaso de agua+tapa.

 Es el sistema utilizado en Granada y Almería: te incluyo la tapa en el precio y así justifico el incremento de la consumición en un 60%. Si como en Granada, la tapa es un barreño de magra con tomate o un plato alpujarreño (dos huevos fritos, papas con pimientos verdes, chorizo, morcilla e incluso jamón) el asunto es fetem; si, como en Almería, la tapa es una cazuelita con dos gambas al ajillo, me parece un timo. La técnica del Vinos Sagasta es la almeriense perfeccionada: precios de terraza y un piscolabis anodino y rancio. También puedes pedir una banderilla del tamaño del prepucio de un niño de cinco años por 0,50€. Echando cuentas in situ, al ver el recipiente de las mismas, amortizan la garrafa con vender seis o siete. 
Respecto al trato no hay peros, tanto el dueño como su mujer, tienen un trato correcto y cortés. Creo que en el fondo son tan ingenuos que consideran que están regalando lo que dan;  no parece que tengan noción de que a escasos 200 metros te puedes tomar un botellín por un euro recibiendo un aperitivo decente y con igual diligencia a la hora de servir. Pero parece que funciona, el esnobismo no tiene límites y con tal de tomarse unas cañitas en un sitio que parece sacado de una película de Pedro Lazaga, pagarán lo que sea. Desde aquí animo a Alfonso a que ponga las cañas a 3€, su famoso vino con canela a 5€ y de tapa un apretón de manos. 
Fue conmovedor ver a una parejita de periféricos sentados sobre barriles de Amstel y apoyando las cañas sobre una caja de botellines (no hay sillas y mesas para todos). Se daban piquitos... el amor hace bueno cualquier sitio. Al pedir otra ronda les sirvieron palomitas deshilachadas... la cara de desconcierto con la que la chica dijo un irónico "gracias" fue memorable. Pero aun más memorable fue el complacido "de nada" del camarero. Su cara esbozaba la satisfacción del trabajo bien hecho, de agradar a su clientela. Que bonita es la vida cuando no te enteras de nada. O a lo mejor el que no me entero soy yo.


Arnyfront78

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Madrid, Madrid
Vuelve la afamada fórmula de alcohoy y literatura como guía chusca del Madrid contemporáneo