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Mostrando entradas con la etiqueta Moncloa/Aravaca- Argüelles. Mostrar todas las entradas
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martes, 30 de septiembre de 2014

Manolo 1934

C/ Princesa, 83
Metro: Moncloa (línea 3 y 6); Argüelles (3, 4 y 6)
Caña (no hay botellín): 1,20€ (Mahou)
Tapas: canapeses, aceitunas, papas fritas, mix de frutos secos...
Especialidades: cocido, callos, mollejas, carrillada al horno con patatas, pulpo a la gallega, riñones al jerez, laconada gallega, merluza a la gallega, pastel de verduras, caldo gallego, filete de gallo rebozado con patatas, entrecot, cazón en adobo, queso brie empanado con cebolla caramelizada y mermelada, sandwich de tarta de Santiago, arroz con leche, tatín caliente de manzana reineta, filloa de dulce de leche y plátano, peras al vino tinto...
Menú: 12,50€ (a elegir entre tres primeros y cuatro segundos)




No estaría de más reivindicar la palabra "Casa de comidas" ahora que apenas existen. No me refiero al Flower´s de Las Rozas o al edificio número 127 del paseo de Las Delicias, sino a esos comedores o comederos de toda la vida a los que la gente acudía con cierta garantía de salir bien comido. Buena comida sin mariconadas, sin extravagancias ni trampantojos... nada de tapitas, picoteos y degustaciones que cuestan mucho y llenan poco. 

Hablamos de un primero de puchero, un segundo pasado por la sartén y un postre que remate el empacho o que ayude a digerir el banquete. Esas casas de comidas tenían culto propio, parroquianos habituales que no faltaban al cocido del martes o a las fabes del viernes, soladores y encofradores que radiografiaban los muslos de la hija del dueño mientras roían chuletitas de lechal, postres tan caseros que tenían salmonelosis y, sobre todo, un vínculo aveces fraternal y aveces fraticida entre servidores y servidos. Recuerdo con anhelo una casa de comidas que había en la calle Jaime Vera que ni siquiera tenía barra. 

Allí se comía con vino o con vino con casera. Ni cerveza, ni sangría, ni Fanta, ni Cherry Coke ni mierdas por el estilo. Abría sólo de 13 a 16 horas y tenía un único menú... el que le salía del coño a la cocinera. Comías encima de un hule y dejabas propina en función de la intensidad del eructo. Ya no hay sitios así o quedan muy pocos; pero aun quedan tascas, tabernas y restaurantes con solera contrastada que, sin poder mantener esa pureza visigótica aplastada por la presión que ejerce la modernidad como numen de la hostelería contemporánea, preservan parte de ese espíritu que tenían las casas de comidas de antaño. 

Casa Manolo lleva tiempo acometiendo esa transición hacia una modernidad ectoplasmática con bastante acierto en los tiempos y en las formas. La prudencia y respeto con la que se ha llevado acabo la reciente reforma de esta emblemática casa inaugurada en tiempos prebélicos (1934), habla de una oportuna puesta a punto necesaria para seguir a flote. Un lavado de cara con reservas, no obstante, ya que si ha celebrado (o va a celebrar) 80 años ininterrumpidos no ha sido por ser santo y seña de las vanguardias, sino por  persistir en la tradición como eficaz sistema de trabajo. "Ajenos a crisis y modas" apostilla José Ramón Rodriguez López, propietario del tinglado. No podía ser de otra manera. La mayor parte de asiduos que pasan por allí al mediodía o al caer la tarde para alternar vinos con manolitos (las famosas tostas del local) podrían participar en un casting juvenil de Garci. 
 
www.albertogranados.com
Sinceramente hay mesas en las que la suma de años de todos sus integrantes supera a los de la Dama de Elche.
Hay usuarios de internet que en las distintas plataformas de crítica hostelera afirman que es punto de encuentro de universitarios. Si por universitarios entienden a octogenarios que vienen de hacer una licenciatura de macramé en el centro de día, entonces estoy de acuerdo. Los universitarios, por desgracia, no tienen tan buen gusto. Sólo van a los bares de la zona de Argüelles y Chamberí en los que ponen arteriosclerosis con bravioli de aperitivo. En mis años universitarios (que fueron unos cuantos), jamás oí a nadie decir... "vamos a Casa Manolo a comer callos"... más bien oí... "vamos a pillar una botella de Ballantine´s y a enseñarle el rabo a las camareras del Twin Madriz". 

El hecho de estar situado muy cerca de Moncloa no lo hace, per se, bar universitario, sino, más bien, refectorio donde honrar a la buena mesa. Buena mesa gracias a los cuarenta y cinco años que Manuel Besteiro lleva sudando junto a la lumbre. Supongo que algo se aprende cuando cocinas durante cuatro décadas y media. Algo de esa humildad que tuvieron y tienen la mayoría de cocineros que desde la fragua de vulcano hacen posible la mágica alquimia de transformar alimentos en manjares, debería contagiar a esa pretenciosa generación de vedettes con manos sin callos que quiere recibir la estrella Michelín el primer día de clase en la escuela de hostelería. Manuel Besteiro y Casa Manolo nada tienen que ver con esa patológica búsqueda de técnicas nuevas y exclusivas que han convertido las cocinas en laboratorios. 

Podrán inventar sorbete de callos, carpaccio de callos aromatizados con sal corporal de mujer abisinia o esferificaciones de callos sobre un lecho de escroto de suricata albino, que, al final, será el cruel e inclemente paso del tiempo el que juzgará qué callos sobreviven incólumes y qué otros son flor de verano fruto de osadías más frívolas que revolucionarias. Los callos de Casa Manolo llevan ochenta años haciendo chup-chup en la marmita. Casi ná...
Espero que se nos pase la tonteria y que en ochenta años el único cocinero moderno contemporáneo que, con justicia, recordemos sea Walter Hartwell White, es decir, el todopoderoso Heisenberg.

Arnyfront78

viernes, 4 de abril de 2014

Casa de Valencia

Paseo del Pintor Rosales, 58
Metro: Argüelles (líneas 3, 4 y 6)
Especialidades: arroces (paella mixta, valenciana, huertana, marinera, de verduras, negro, a banda, senyoret, con bogavante, con langostinos, con chipirones y ajetes, con carabineros meloso en caldero, caldoso de rape y almejas), fideua, escalibada de bacalao, vieiras gratinadas, cocochas de merluza al pil-pil, salmonetes de roca, habitas tiernas con jamón de jabugo, fritura levantina, chopitos encebollados, desgarrat de bacalao con pimientos y cebollitas, surtido de verduras a la plancha, pimientos del piquillo rellenos de marisco, bacalao marinado, ensalda de bogavante, perdiz ecabechada, tournedo rossini, nido de helado valenciano con crema de chocolate caliente, profiteroles, sorbete de mandarina y de higo, tarta de naranja, leche frita...



La persistente discusión sobre lo qué es y no es una paella es quizá el mejor ejemplo, aunque no el único, de las cotas de estupidez que alcanza el fanatismo gastronómico. No son pocos los yihadistas levantinos que, invocando la tradición, el buen hacer y, sobre todo, la pureza, dan lecciones magistrales de irritante precisión. Al final siempre extraen la misma conclusión a la hora de juzgar paellas ajenas: "no es como la de mi madre, como la de mi abuela y, por supuesto, tampoco como la mía"... para este viaje no necesitamos alforjas.  

El talibán paellero, además de coñazo, es dogmático e intolerante. Sale por ahí en busca de paellas que desprestigiar. En cada dentellada tiene presentes los ingredientes, el recipiente, la preparación, el reposado, etc...;  imparte cátedra entre el resto de comensales amargándoles el banquete... y, como no es suficiente, ejerce el vituperio en internet lanzando fatwas contra aquellas paellas que no son de su agrado, es decir, todas. Y, paradojicamente, en vez de concluir que al ir a un restaurante no debería pedir paella, ya que nunca va a estar al nivel de su exigencia, insiste una y otra vez en un claro acto de masoquismo sádico en el que el placer que obtiene desacreditando supera a la reiterada decepción. 

  
Yo, a diferencia de mi bloder el Lolo que echa onzas de chocolate a las pizzas con chorizo, no soy amigo de riesgos en el plato. Pero exigir una especie de limpieza étnica a la comida resulta denodadamente hortera. Si la cocina de aquí es en la actualidad referente y vanguardia en el panorama gastronómico internacional es  gracias a la osada perspicacia de una generación de cocineros (no tan insurrectos como pícaros), aburrida de esa cocina canónica de volovanes, soufflés, aspics, rellenos churriguerescos y cochinillos mordiendo manzanas.  

Probablemente dicha inflexión sólo consista en poner la técnica al servicio de la imaginación y la materia prima, en vez de someter el plato a rigores trasnochados. Las normas están fundamentalmente para incumplirlas. Sólo una civilización que arriesga, prospera. 
La Casa de Valencia ofrece un surtido incontinente de arroces que aquí puedes llamar paellas (aunque lleven chistorra y gominolas), pero en Valencia no... ni se te ocurra. Recientemente fuimos allí un destacamento hambriento para probar esos arroces que los blogueros juzgan con indulgencia y saña.  

Puede que fuese por los torrentes de priba que aturdían mis neuronas o porque no entiendo de análisis cuando tengo hambre, pero comí hasta el último grano que había en plato y me hubiera comido dos más... platos, no granos. Si pedimos poco es porque es caro tratándose de arroz. La autopsia de la cuenta revela lo arriesgado del asunto. Que el pan (blandengue) cueste 2,5€ habría sido motivo de alzamiento en el siglo XVIII. En las croquetas el jabugo estaba en espíritu. Estuve a punto de preguntar qué llevaba la masa ya que necesito fijar unos baldosines del baño que se han caído. 

Al mismo tiempo liquidamos una sepia con ajo y perejil que fue del agrado de todos... sobre todo tres horas después... re-merendando a lo dromedario. Los postres no eran muy allá, salvo la leche frita. Y tuvieron el detallazo de sacarnos un plato de frutos secos custodiado por un porrón con licor y de no cobrarnos los digestivos que pedimos cuando flojeaban las piernas. Sin duda el plato estrella, en sus distintas modalidades, es el arroz... con el grano suelto y acompañado de un ali-oli sulfúrico... en fin, se me hace la boca agua. 

El resto de platos no sé si están a la altura, pero merece la pena el desembolso por el simple hecho de entrar en el local y respirar esa atmósfera que evoca a las marisquerías de vía de servicio de principio de los 80. ¿Quién no ha ido a un bodorrio, bautizo o comunión a un sitio así... con aparcacoches, fräuleins adiestradas que te guardan el abrigo, camareros genuflexos, acuarios con bogavantes y la ornamentación atrabiliaria del palacio del Canto del Pico de Torrelodones?  Sitios así, indudablemente, tienen sus público; ya sea por la calidad de sus platos o porque la fuerza de la costumbre de la burguesía herrumbrosa tiene connotaciones patológicas.
 
En la medida que el alcohol expiraba en los vasos, los ojos detenían partículas de luz y polvo filtradas a través de la vidriera, el olfato detectaba efluvios del ocedar que encera las maderas, el oído cedía al chirriar de cubiertos que rallan la loza, y el juicio, abandonado a la única libertad que es la de la embriaguez, retornaba por un momento a la infancia, a aquella España ingenua, obsesa y acomplejada en la que el lujo era bajar de un Mercedes 190, a las puertas de Bocaccio, escoltado por una querida llamada Ketty con el pelo cardado y abrigo de astracán.
 
Dos mesas más allá, sacados de un fotograma de "Mamá cumple cien años", una simpática ancianita soplaba las velas de su 173 cumpleaños asistida en el esfuerzo por sus nietos prejubilados. "El último cumpleaños de la yaya"... piensan, pero el año que viene volverán a "La Casa de Valencia" para celebrar que la puta abuela, con su cruel supervivencia, envejece al resto de la familia. 
 
Son casi las seis y media de la tarde. Hora de irse. Han sido tres fantásticas horas de cocción a fuego lento rodeado de buenos amigos. Creo que eso debería bastar, sea o no una paella de diez. Cuando uno expira sus días postrado en una cama, recuerda días así.

Arnyfront78

viernes, 28 de febrero de 2014

Cervecería El Prado

C/ Ferraz, 43
Metro: Argüelles (líneas 3, 4 y 6)
Botellín: 1€ (Estrella de Galicia). Grifo de Estrella de Galicia.

Tapas: oreja con salsa, garbanzos con morcilla, pollo con patatas, queso, aceitunas, papas fritas...
Especialidades: gran variedad de cervezas de importación, raciones (sepia a la plancha, setas, cloquetas, habitas con jamón, ensaladilla rusa...), platos combinados, bocatas, sandwiches, hamburguesas (hamburguesa de buey Valle de Esla), ensaladas...
Menú del día a 12€ (a elegir entre cinco primeros y segundos)


Los domingos hay pocas opciones de tomar cañas  por los alrededores del Parque del Oeste sin sucumbir a las cautivadoras pero sangrantes terrazas de Pintor Rosales. Una de esas opciones (o tal vez la única decente que hemos encontrado) es la Cervecería El Prado. A diferencia de El Lagar y Platos Rotos, que acatan a la española el mandato bíblico del Deuteronomio: "Es día del Señor, en ese día no trabajarás ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno...", El Prado hace competencia desleal al párroco del santuario del Inmaculado Corazón de María que sale a la puerta del templo a capturar a vecinos sediciosos que se escaquean de misa.


 Nosotros optamos por la herejía bírrica, pero habríamos reconsiderado la oferta, a pesar de ser satánicos, si el religioso nos hubiera garantizado dos o tres rondas de vino misal. Si he conseguido leer "La caverna" de Saramago, creo que podría soportar un oficio entero borracho. Aparentemente, El Prado no ofrece nada. Su fachada horterilla, de charcutería de General Ricardos, no seduce al viandante. Salvo por la oferta de botijos de Estrella de Galicia a un pavo con tapa (que para como se están poniendo las cosas está bastante bien) y por el surtido de cervezas de  importación que cambia semanalmente, carece de especialidades significativas que propaguen el boca-oreja entre los tabernófilos. 

Sin embargo, una apacible atmósfera senil, casi tan beatífica como la de la iglesia, sólo interrumpida por algún que otro berrido de comanda, hace que nos sintamos cómodos e incluso cómplices. Cómplices de ancianos gráciles y torpes, sobrios y ebrios, con abrigos rozados en las coderas ellos, con permanentes monumentales ellas, que escenifican ese conmovedor ritual que es salir a comer el menú del día a la cafetería de debajo de casa o al bar de la esquina con el/la compañero/a de vida, al que en breve se llevará el cansancio. Probablemente no dirán nada durante la comida; compartirán la deglución de alimentos con el reverencial silencio que impone haberse dicho todo a lo largo de los años.

Y entre consomés que se quedan tibios por el lento discurrir de la absorción y filetes que ya no se pueden masticar fluirá la hermosa y triste (por lo que tiene de inexorable) convicción de que la vida compartida es mejor que la otra. Si no, que se lo digan a ese viudo (siempre hay alguno) que proyecta melancólicos ocres desde el fondo del comedor... siempre solo, olvidado en vida... con el periódico doblado por la página de esquelas y la vista invocando a una muerte que no llega. Pero no es un lugar triste, ni siquiera pre-funerario. También hay chavales que compensan la media de edad jarreando hasta que echan el cierre. Y por supuesto dos camareras latinas que hacen castañear dentaduras al compás de contoneos tropicales. 


Probablemente El Prado esté condenado a ser la sombra de El Lagar, con la ventaja y desventaja que ello supone. Ventaja porque cuando El Lagar se llena, la gente entra al de al lado. Inconveniente porque buques insignia del tapeo de Madrid eclipsan al resto de bares, a los que, por desconocimiento o por inercia,  no solemos dar cancha. 
Dado que el bipolar panorama del tapeo madrileño oscila entre lugares como el Tigre, El Boñar, Pepe el Guarro, Los Amigos, Los Enemigos e incluso mi querido Lagar, y chill outs donde la tapa hay que imaginarla, propongo que cervecerías limpias, sencillas, económicas y con un trato cordial como ésta sean consideradas farmacias. 
Parece que entre gochos y modernos sólo hay tierra quemada.

Arnyfront78

viernes, 26 de julio de 2013

Mesón El Lagar



C/ Ferraz 39
Metro: Argüelles (líneas 3,4 y 6)
Botellín (Mahou): 1,50€ Caña: 1,40 (Mahou)
Tapas: Tortilla de patata, papas bravas, ensaladilla rusa, papas alioli, lacón...
Especialidades: morcilla, lacón, riñones a la plancha y al jerez, pincho de bonito, albóndigas. Combo especial con gambones a la plancha, churrasco con papas fritas y 2 copas de birra por 30€
Cierra el domigo.




La intersección de la calle Ferraz con Marqués de Urquijo es un sitio efervescente a pesar de la apariencia luctuosa que desprende el barrio de Argüelles. Puedes visitar (drogado) el santuario del Inmaculado Corazón de María, paradigma de la perversión arquitectónica franquista (con una torre sospechosa de ocultar incineradores... por si algún día hay que volver a quemar herejes en este país), comprar una napolitana de crema en La Oriental, sumarte a alguna pitada a las puertas de la sede de los sociatas, o tomar unas cañas en alguno de los bares de enfrente observando como un grupo de chavales con sprays cambian la rosa que sujeta con fuerza el puño socialista  por una verga de tamaño descomunal. 

De entre todos esos bares, donde seguramente se gestó el GAL, destaca una sidrería asturiana llamada el Lagar. Soy habitual de este animado bebedero y he de confesar que, aunque las tapas rebosen, la calidad de las mismas deja que desear. Es un templo dedicado a la patata: papas bravas (con una salsa demasiado sabrosa), papas alioli (más bien deshechas), papas en tortilla (quizá lo mejor que te pueden poner), papas en ensaladilla rusa, etc... es verdad que, en la medida en que pides rondas, el asunto mejora, así que, si superas la sobredosis, puede que para la cuarta o quinta caña te toque un poco de lacón o unos pimientos de padrón. 

En cualquier caso es un imprescindible de la zona por su ambiente cercano, desinhibido y golfo. Está atestado de curritos postrabajando, ancianos con coloretes, guiris que viven en la city y universitarios de 30 años que luchan con todas sus fuerzas para no aprobar los exámenes de quinto. Los camareros, sin hacer alardes de simpatía, atienden con presteza y cordialidad; sobre todo el compadre estrábico, una institución en la zona. Las dimensiones del local recomiendan ir por la mañana. A partir de las 20hrs  (sobre todo si hay partido) lo tienes jodido, las hordas estudiantiles cenan en los bares. 

Siempre que voy por allí fantaseo con una imagen trágicamente cómica: Felipe González, con su chaqueta de pana, símbolo de la pobreza impostada, presidiendo la mesa como Jesucristo en el cuadro de la ultima cena de Leonardo. A su lado... los  doce apóstoles: Roldán, Juan Guerra, Amedo, Dominguez, Vera, Barrionuevo, Galeote, Palomino, Mariano Rubio, Prado y Colón de Carvajal, De la Rosa y el general Galindo. ¿Quién pagaría la cena?....



"-¿Es vuesa merced, por ventura, ladrón?
-Sí, para servir a Dios y a las buenas gentes..."
(Rinconete y cortadillo; Miguel de Cervantes)



Arnyfront78

domingo, 23 de junio de 2013

Fogón y Candela

C/Quintana, 26 o C/ Ferraz, 23
Metro: Ventura Rodríguez (línea 3) o Argüelles (líneas 3, 4 y 6) 
Caña doble (no hay botellín): 1,70€ (Estrella Damm) 40cl aprox.
Tapas: cazuelitas de distintos tipos (de ensalada de pasta, de champiñones, de guisantes...), boquerones en vinagre con aceitunas, una especie de pañuelos hojaldrados rellenos de ¿queso?, patatas fritas...
Especialidades: las tostas, los pinchos, las hamburguesas, los huevos rotos con jamón ibérico o con gulas y gambas, la carrillada de ternera en salsa, la foundue de torta de la Serena... Gran variedad de tés exóticos.





Lo de la afición del madrileño por sentarse a pribar en terrazas alquitranadas no tiene parangón. Dudo mucho que en otras partes del país y, sobre todo del planeta (porque al fin y al cabo de un compatriota se puede esperar cualquier cosa), la gente elija abrevar en lugares en los que un avispado puede cogerte lonchitas de jamón ibérico desde su asiento de copiloto. Es como si una mezcla de pereza (para no caminar hasta una terraza decente) y reafirmación de la idiosincrasia urbana nos impulsara a tomar las cañas alicatados al frontal de un Opel Vectra. A veces creo que la máxima de mi colega el Lolo: "no pisaré la montaña hasta que la asfalten" es extensible a una gran parte de los madrileños que seríamos capaces de celebrar una cena romántica en el vertedero de Valdemingómez. No es  extraño toparse con terrazas situadas en arterias colapsadas de la ciudad, junto a paradas de autobuses, al lado de entradas de parking y, seguramente en breve, encima de glorietas. 

Madrid está llena de plazas ajardinadas y parques con quioscos que, cuando asoma el sol tres días seguidos, sacan mesas y sillas para deleite de los terraceros y enojo de los niños con balón. Tampoco parece una alternativa, salvo en las barriadas, beberse una latilla con unas pipas en un banco alejado de la polución ya que, para muchos esnobs de medio pelo, resulta una costumbre tercermundista. Preferimos una birra con lacayo y trono aunque sea en la mediana de la M-30. La terraza de Fogón y Candela no está en una autovía pero contempla indiferente la sobredosis de coches que atraviesan la calle Ferraz con dirección a Moncloa. Ni más ni menos que tres carriles de incesante tráfico y una banda sonora original que haría las delicias de los aficionados a los grupos de noise. Cuando llega el final del invierno (que en Madrid puede ser en enero o en julio), se llena de oficinistas de la zona que intentan sacar algo de provecho al día perdido (a las pestosas jornadas laborales), tomándose unas cañas que actúen como agente amnésico ante un malestar creciente. 

Todos piden tostas porque son las reinas del garito. Unas tostas exageradas, tanto en precio como en tamaño. Nunca he entendido las tostas. De repente, a un iluminado se le ocurrió poner un filete, un huevo frito, unas sopas de ajo o un cocido en tres vuelcos encima de una rebanada de pan y bautizar el invento con el beneplácito del modernismo más gocho. Pero he de reconocer que las de aquí son de calidad. También hay que reconocer el esfuerzo empresarial por montar un local descomunal como éste en uno de los barrios más caros y tradicionales de Madrid, con diferentes propuestas gastronómicas (desayunos, menús del día, pinchos que cambian semanalmente, variedad de aperitivos, raciones, hamburguesas, etc...) y un servicio eficiente. 

Se ve que es uno de los pocos sitios del barrio que no se ha dormido en los laureles y sigue batallando en estos tiempos en los que sale más rentable quedarse en casa leyendo el periódico que mantener abierto un negocio. 
A diferencia de otros bares a los que sólo les falta tapiar la entrada para hacerse, si cabe, más invisibles, han optado por un cariz pulcro, luminoso y transparente a pesar de que, bajo mi punto de vista, sea una propuesta impersonal. Y digo impersonal porque, sin ese esfuerzo por intentar hacer las cosas bien, sería un sitio más, un bar-cafetería sin alma. 

 Las cervezas cuestan 1,70€... sí, pero son más grandes que los dobles que ponen en otros sitios y con unas sartencitas chicas pero ricas. En lugar de aperitivos sebáceos a base de patatas, masas y aceites sulfúricos, se curran unos boquerones en vinagre, ensaladas de pasta, champis salteados, guisantes... es una alternativa racional a las típicas tapas grotescas a base de grandes cantidades de bazofia que tanto gustan a una muchachada que dentro de veinte años empezará a cagar coágulos con la forma del águila imperial de Slayer. 

Arnyfront78

viernes, 12 de abril de 2013

Casa Paco

C/Altamirano, 38. 
Metro: Argüelles (líneas 3, 4 y 6)
Botellín: 1,40 (Mahou), caña: 1,30 (Mahou) tamaño dedal
Tapas: canapé de queso Philadelphia con salmón ahumado, canapé de morcilla, aceitunas gordal, papas con chorizo frito...
Especialidades: pincho de tortilla (a 2,40€) y croquetas variadas (a 1,30€). Menú del día a 9,80€







La tortilla de patata es un lujo. Creo que, a menudo, nos olvidamos de ello. Algo tan sencillo, tan barato, tan rico y tan extendido por toda la geografía nacional debería ser el auténtico vertebrador de este viejo país que camina hacia el desierto. 

Las hay con o sin cebolla, bien cuajadas o que chorrean, con pimiento verde, rojo, calabacín o guisantes, apaisanándolas con jamón  y chorizo, incluso hay algún enajenado que la rellena de nocilla.... pero suele ser difícil comerse un buen pincho de tortilla en un bar. Pasa como con los arroces: casi siempre salen mejor en casa de la agüela que fuera. No obstante, hay alguna que otra excepción que confirma la regla. 

Casa Paco (no confundir con su homónima de Puerta Cerrada) tiene una gama de tortillas, al borde del delirio, que satisfarán a los y las más tortilleras. Yo soy una gran tortillera y no soy muy dado a los inventos, pero he de confesar que, tras décadas trabajándolas (desde 1954), han aprendido qué productos pueden o no empotrar entre la patata y el huevo. Tortillas de jamón y queso, de roquefort con salmón, de gulas con pimientos del piquillo,  de solomillo con cebolla... en fin, un deleite. El pincho cuesta 2,40€ y tiene un  tamaño standard: ni como los quesitos del Trivial ni como para resistirse a pedir otro por quedar saciado. 

Así que, a base de tortillas, croquetas (aún no las he probado pero tienen fama) y alguna que otra ración saldrás jodido (de pasta) pero contento. Te aviso, allí se va a comer, si quieres tomarte un botijo hay decenas de sitios alrededor más baratos y con mejor mejor aperitivo. Dan una tapa insignificante porque saben que tienen la clientela asegurada. Se han especializado en tortillas y lo explotan a base de bien. Lo dificil va a ser que consigas mesa. Son escasas y hay hostias por ellas. Esto sucede entre semana, los findes no quiero ni imaginarlo. En la barra, cada día, hay un combate encarnizado a partir de las 8 de la tarde. Además tiene una puerta interna que comunica con una administración de apuestas del estado, así que, puedes echar el euromillón, la lototurf o el quinigol mientras desmadejas las hebras de unos callos a la madrileña o esperas a que te sirvan.



La última vez había un anciano, algo castigado por su idilio con Baco, que, por momentos, parecía que fuese a desenvainar y hendir su espada en aquel que osara rozarle. Veía el partido de Champions sin verlo, musitaba incoherencias... 
yo creo que hablaba con el general Lee y le preguntaba por qué capituló tras la caída de Richmond, Virginia... por qué traicionó a hombres como él que le hubieran seguido hasta el mismísimo infierno. Y si el caballero del sur, el "as de picas", no le contesta desde su retiro espiritual, siempre podrá preguntarle a una tortilla con sobrasada por qué coño han pintado las paredes de color diarrea.

Arnyfront78

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Madrid, Madrid
Vuelve la afamada fórmula de alcohoy y literatura como guía chusca del Madrid contemporáneo