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Mostrando entradas con la etiqueta Centro- Noviciado. Mostrar todas las entradas
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lunes, 6 de abril de 2015

O´Potiño III (Casa Lelo)

C/ Conde Duque, 30
Metro: Ventura Rodriguez (línea 3)
Botellín: 1,30 (Amstel)
Caña: 1,30 (Amstel)
Tapas: paella, aceitunas, papas fritas, canapés, chorizo, torreznos, lacón...
Especialidades: entrecot, merluza con almejas, pulpo a feira, lacón a la gallega, empanada, huevos rotos O´Potiño (con jamón y pimientos de Padrón), almejas a la marinera, croquetas, lubina y dorada a la espalda, chuletas de cordero, huevos rotos con picadillo o morcilla, pimientos de Padrón, oreja a la plancha...




A veces menos es más... sobre todo en galleguismo. Cuando viajas a Galicia, a esas parroquias de la Ribera Sacra o de A Terra Chá veladas por la niebla y entras a tomar un quinto (no un botellín) en un apartadero del camino, comprendes al instante que los bares gallegos de Madrid suelen ser decorados tan fraudulentos como los restaurantes chinos de cartón a los que pedimos take-away cuando viene a cenar a casa alguien al que no queremos lo suficiente. 

La economía de medios de esas pequeñas cantinas que sirven de abrevadero, comedor, casino e incluso de templo para ateos ávidos de confesión, revela el carácter continente y singular de los paisanos de esa fascinante tierra. Nada que ver con los excesos folclóricos de la capital. Entre bufandas del Depor, pimientos de Padrón hilvanados en guirnaldas, vieiras peregrinas y fotos del Pazo de Meirás, me encuentro abrumado. Hay mesones tan delirante que, en su afán desaforado por acreditar su identidad gallega, sólo les queda que un botafumeiro del que penda un relicario con muestras de alijos incautados a Los Charlines, junto al último mechón de Carlos Nuñez y un forúnculo de Cela, inciense el pulpo a feira de los comensales. 

En esa absurda carrera por ser el epítome del interiorismo aldeano en Madrid, no participa Casa Lelo. Lo único recargado que tiene este sobrio figón, más bar que mesón, es el nombre. Si pones un número detrás de Casa Lelo parece un resultado del grupo 1 de la tercera división de futbol. Está situado frente a la entrada del Cuartel del Conde-Duque (ese antiguo acantonamiento de las Reales Guardias de Corps convertido en centro cultural), a escasos metros de la Plaza de las Comendadoras y a cinco minutos andando de la Plaza de España. Creo que su ubicación en este área súbitamente elitista ha influido sobremanera a la hora de decidir el tono del bar; a la hora de renunciar a ofrendas provincianas demasiado horteras para el siglo XXI. No tanto porque esté céntrico como por la uniformidad estética que impone el sionismo gentrificador. En apenas un lustro, el barrio se ha convertido en el reducto más pijo de la falsa bohemia madrileña, el de aquellos a los que incomoda que en Malasaña, paradigma de la afectación paisajística, aún queden abiertos talleres mecánicos y pollerías; de la misma forma que en el barrio de Salamanca incomoda que los mendigos sobrevivan al invierno. 

¿Qué puede hacer un galleguiño inmerso en un barrio que en muy pocos años ha pasado de la oreja a la plancha a las cupcakes de tres pisos, sino adaptarse?. "La adaptación del sujeto a un entorno cambiante"... diría la psicología evolutiva. La Calle Conde Duque, por ende, obliga a reinventarse constantemente... como hace Panic vendiendo hogazas de masa madre que chiflan a los naturistas estreñidos a pesar de que saben a achicoria fermentada... como hace Crumb con sus sandwiches repipis... como hacen la galerías que exponen ausencias y como las decenas de sofisticadas cafeterías que, de tanto pensar en sí mismas, se han empezado a reproducir por partenogénesis. Como decía una divertida pintada borrada casi al instante... "harto de los que se hacen los tristeresantes". 


El local en sí no tiene mucha personalidad. Es amplio, confortable, diáfano, limpio... parece un cuarentón o cuarentona en prefase de ajamiento que lucha contra lo inevitable vistiéndose lo mejor posible. Como sí la higiene y el esmero fuesen el mejor antiaging. No es mal sitio para tomar cañas sobre los toneles que hay dispersos frente a la barra. El aperitivo no es muy allá... unas olivas escoltadas por papas fritas, canapeses bien trazados o paellas desafortunadas. El fuerte de O´Potiño III es, sin duda, el mantel puesto... enfrentarse a las raciones y platos que salen humeantes de cocina (la ternera gallega, el pulpo, la merluza, las filloas...). ¿Es el mejor restaurante gallego de Madrid?... evidentemente, no lo es; pero tiene muy buena relación calidad-precio (entre 20 y 30€ por cabeza) y eso ha ido calando entre los visitantes que así lo apostillan en sus críticas internaúticas. Sobre todo destacan la idoneidad del sitio para comidas/ cenas de grupos. Damos fé que el viernes previo a las Navidades, estaba atestado de comidas de empresa, cuadrillas de amigos y conciliábulos varios, desfasando cual jaurías sentenciadas a muerte. No hay juerga más impúdica y destructiva que la de los honorables ciudadanos que salen una vez al año a disfrutar de una libertad a la que hace tiempo renunciaron. 

 Eran las siete de la tarde y casi todo el mundo había perdido los papeles hacía horas. Las chaquetas bien plachadas, los perfumes embriagadores, los peinados perfectamente compuestos y los modales decorosos habían dado paso, a camisas estriadas, sudores gelatinosos, alientos destilados y una actitud grosera, redimida por la ingesta de ese suero de la verdad que es el alcohol, inequívoco revelador de la naturaleza violenta y mezquina de los hombres a los que llamamos "de bien". Y aunque seamos fedatarios de la mugre, testigos de cargo de los peores instintos, nos retiramos de allí discretamente, dejando sitio a los esputos, los cantes eufóricos, los requiebros turbios, las amistades eternas mientras dure la embriaguez, los reproches que no se hacen sobrio y las tarjetas de crédito que resuelven cualquier impedimento.
Volveremos, sin duda. No abundan los sitios con ph neutro.

Arnyfront78

lunes, 22 de diciembre de 2014

Taberna Mozárabe

C/ de los Reyes, 6
Metro: Noviciado (línea 2) o Plaza de España (líneas 3 y 10)
Caña (no hay botellín): 1,50€ (Mahou)
Tapas: canapé de tortilla, de salmón, de paté casero...
Especialidades: tortilla de patata y verduras, carne asada a la pimienta, tigres, albóndigas, croquetas de jamón, boquerones en vinagre, ternera con queso y jamón, queso curado con guindillas, flamenquines, ensaladilla de cangrejo...



De vez en cuando se agradece encontrar un bar con barra afónica, mesas ocupadas por personas que hablan en braille y camareros que no te atienden como si estuvieran pastoreando ovejas. La Taberna Mozárabe es un sitio así, agraciado con el inusual atributo del sosiego. A medio camino entre cervecería monacal y pub abasí, nada tiene que ver con la profusión de nuevos "espacios" (como gustan de llamar a bares que no lo parecen) afectados por la insoportable levedad del pedorrismo. 


Su climax confidencial e incluso aburrido para los que buscan farra, no es fruto de frígidas imposturas new age, ni de ingrávidas pretensiones emprededoras, sino del temperamento abúlico de su propietario, el ínclito libanés, que ha entendido a la perfección que un pueblo tan pendenciero como el madrileño necesita tregua de vez en cuando. Para esos momentos en los que uno quiere saborear una birra bien tirada, alejado por unos instantes del desenfreno que impone esta ciudad, está esta lúdica mazmorra que se podría confundir con un puti regentado por la archidiócesis de Madrid. 

La atención es exquisita, tanto que incluso desconcierta por su excepcionalidad. Aquí, en la meseta, estamos habituados a dos tipos de camareros: el desagradable a secas y el graciosete cansino en permanente actitud de ligón sarnoso. El camarero avezado, discreto y amable es una rara avis de otras latitudes. Otra cosa es que, a pesar de la autenticidad de la propuesta, sea frecuentada por todo tipo de público... recuas inglesas sedientas, tipos solitarios que maridan sus lecturas con Beefeater e incluso parte del postureo más florido de Malasaña en busca de nuevos bares que corromper.   

Es probable que el hilo musical que suena de fondo, a base de adagios y allegros, favorezca el tránsito intestinal de los modernos.
La caña no es un regalo (1,50€) teniendo en cuenta su tamaño, pero se ve compensada con aperitivos en condiciones... canapés de tortilla, paté o salmón muy bien elaborados. La tortilla suele constar en distintas listas redactadas por las/os más tortilleras/os como una de las mejores de la ciudad. El paté garantiza sobremesas volcánicas y las albóndigas son un no parar de mojar pan en su salsa bruñida con especies. Carne asada a la pimienta, tigres que no rugen, croquetas entradas en carnes... raciones todas ellas bendecidas por manos diestras. 

En definitiva, tenebre cenáculo en el que se puede comer, trabajar con el ipad, dormitar mecido por "Pedro y el lobo" de Prokofiev, escuchar verdades aburridas, susurrar mentiras excitantes e incluso beberse todas las botellas que elegantemente adornan los entrepaños tras la barra y balbucear a tientas el réquiem melancólico que exhala un "león en invierno": "hubiera podido conquistar Europa entera, pero ha habido demasiadas mujeres en mi vida".

Arnyfront78

martes, 25 de noviembre de 2014

Padrao

C/ Travesía Parada, 4
Metro: Noviciado (línea 2)
Tubo de cerveza (no hay caña ni botellín): 2€ (Mahou)
Tercio (Mahou): 2,50€
Tapas: Sandwiches, canapés, tortilla de patata y jamón...
Especialidades: chuletón de buey con pimientos y patatas (15€), pulpo, morcilla, croquetas de jamón, almejas a la marinera, oreja a la plancha, solomillo, pulpo a la gallega, chuletillas de cordero, alitas, pimientos de Padrón, sepia a la plancha, chorizo frito, gambas a la plancha, bocatas kilométricos a 5€ y platos combinados a 7€...





Gallego injustamente excluido del circuito de bares de la capital que obsequian a sus clientes con comistrajos revienta buches. A pesar de estar situado en pleno centro (a unos 300 metros de Plaza de España y a 500 de Callao), no es referente para eso de comer a base de aperitivos, salvo para los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado. Supongo que la afluencia de agentes uniformados es una de las razones por las que parte de la ciudadanía madrileña obvia un bar que agasaja generosamente a su clientela. Entiendo que es difícil encontrarse cómodo rodeado de tipos con pistola. 

Son los encargados de velar por la seguridad del estado y el cumplimiento de la ley pero un arma siempre es y será una herramienta de dar muerte que, inevitablemente, corta digestiones. El por qué del flujo permanente de policías, militares, guardias civiles y guardias reales resulta cuanto menos curioso. La proximidad de las comisarías de las calles Luna y Leganitos, del Ministerio de Justicia y del Palacio Real ayudan pero no son determinantes. Hay otros bares cercanos con buen café caliente (bebida habitual de la policía), que no reciben tal aluvión de porras de las que magullan. 

La razón es que el dueño, Don Pedro Padrao, expolicia reciclado a tabernero en el mejor de los casos, civil frustrado por no haber sido policía o diagnóstico patológico de manual si se trata de un friki al que se le ha ido la olla viendo Cops, aquel reality noventero en el que agentes arios de la LAPD capturaban in fraganti a malhechores negros con dientes de oro, al ritmo del "Bad boys, bad boys, whatcha gonna do, what you gonna do when they come for you?", ha hecho de su tasca un reducto gastrocastrense destinado a la adulación del personal uniformado. La exaltación de símbolos patrios, la exhibición de placas de cuerpos de policía de todo el mundo e incluso fotografías de merchandising paramilitar que se podía adquirir en Padracops (ya está cerrada), la tienda-oploteca situada en la calle de las Minas, propiedad del dueño del bar, hace que la milicienta (como diría el joven Alex rodeado de sus drugos) se sienta como en casa.  
No tienen caña ni botellín; la apuesta mínima es el tubo de cerveza que cuesta 2€.  A cambio te ves recompensado con un frutero lleno de sandwiches, canapés de tortilla y de jamón. El sandwich es aglomerado de pan con un folio de fiambre de york. El resto... bien... una tortilla decente. En general el bar es visitable y está bastante limpio para lo que uno se puede encontrar en tascas de dicha ralea. Las raciones son bastante asequibles y los bocatas (a 5€) son barras enteras rellenas de ambrosías. Además abre para los desayunos y cierra cuando ya no quedan ni lumis en las calles.
Me reconforta ver a los señores agentes tranquilos, pidiendo montaditos para llevar, infusiones calentitas y alguna que otra caña bebida de soslayo. Incluso a veces parecen seres humanos, en vez de mastines adiestrados para obedecer sin cuestionar y hacer obedecer a quienes cuestionan. 

La última vez que vi a la policía irrumpir en un garito, la  gente se divertía. Entonces paró la música, volaron bolsas granuladas y se encendieron las luces. La fiesta se acabó... se restableció el orden. La única música que debería cesar algún día es la de ese arbitrario: "su documentación, por favor", cargado de violenta educación... necesitado de armas para hacerse respetar. 
...Y de vez en cuando... ejecutar la heroica tarea de desahuciar a octogenarias con bypass.


Arnyfront78

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Cervecería Noviciado

C/ San Bernardo, 51
Metro: Noviciado (línea 2)
Botellín: 1,10€ (Amstel)
Caña:1,10 (Amstel)

Tapas: papas fritas, patatas ali-oli, aceitunas...
Especialidades: tortillas (española, con sobrasada, con jamón y queso, con salchichas, queso y mostaza, de philadelphia y anchoa), papas bravas, hamburguesa, perrito, oreja a la plancha, platos combinados...



Escena 1:

Pantalla en negro y letras en blanco... "Los bares tradicionales españoles desaparecen del centro de Madrid. Sus dueños se preguntan por qué."
Escena 2:
Fachada del Bar Noviciado, impertérrito junto a la lúgubre estación de metro de San Bernardo. De su vetusto rótulo amarillo no falta ni una letra; ni siquiera las que advierten que tiempo ha Schweppess era una marca capaz de competir por el trono del reino del refresco.  
Un chico aliñado de vagabundo habla por el móvil. Bajo el quicio, encogida por el frio, la florista cuida su negocio ninguneada por el indifierente trasiego de peatones... nadie quiere flores en invierno, por lo menos en Madrid.   

Escena 3:
Inserto de un cartel rotulado a mano: bocadillos a precios asequibles, incluso ofensivos para quienes asocian de forma inexorable la calidad con el dispendio. A través del cristal se divisa la vida de un bar silenciada por el rugir de coches, motos y voces inconexas. El perfil de un hombre consume un botellín mientras un segurata apura esos preciosos minutos de escaqueo del curro. 

Escena 4: 
Plano bajo que muestra la barra y a un hombre apoyado en ella. Ya no hay ruido... circula ese rumor incómodo que tiene un bar cuando está vacío. Una voz en off, una voz resignada, explica: "Ésto lo cogió mi abuelo en el 47; luego lo llevó mi padre y yo a partir del 2000. Desde los 18 años... desde los 18 años trabajo aquí."
Escena 5: 
Un anciano encorvado oculta su comida. Cambia el plano y aparece masticando una de esas personas que suele producir hilaridad entre los que son lo suficientemente cretinos para no diferenciar quienes son risibles como ellos y quienes merecen un profundo respeto por el mero hecho de vivir sin poner ni esquivar trampas.  

 Podría haber sido arcabucero en la Batalla de Pavía o místico ortodoxo en la corte zarista. También es posible que tan sólo sea un mendigo masticando su ojo izquierdo en un montadito... cansado de ver lo que nadie ve. Mirada fija desafiante y enajenada... y fundido en negro.

Escena 6:
Vuelve la luz y con ella la silueta de una caña a medio acabar... símbolo y metáfora de este necesario cortometraje documental llamado "La muerte del bar español y la invasión del plato cuadrado" realizado por Ivar Muñoz Rojas y David Álvarez. 


El citado testimonio del exdueño del Bar Noviciado, Luis Ángel García, junto al de los colegas de profesión y hermandad (los responsables del El Palentino, el Lozano y Das Meigas) expone la situación agonizante de las tascas, tabernas y bodegas que durante décadas alimentaron y emborracharon a sucesivas generaciones de madrileños. No hay ni habrá agradecimientos por los servicios prestados, ellos lo saben. Unos sobrevivirán (seguramente sólo El Palentino) y otros (la mayoría) traspasarán el local a nuevos inquilinos que, rebosantes de un entusiasmo algo ingenuo, reformarán esas paredes cargadas de pequeñas y grandes gestas para hacer ambigús con tostas, biblioespás o franquicias de cubos con botellines y acné.
Si consiguen el éxito o van al sumidero  es indiferente para la administración pública. Sobrevolando estará el ministro Montoro para aprovechar los despojos de cadáveres que otrora fueron algo más que sociedades... puntos de encuentro para muchos, inagotables fuentes de energía para todos.
Luis y Mariano dejaron el bar, pero quienes asumieron el legado se han comprometido con ese impulso tan ingrato como satisfactorio que hace del Bar Noviciado un ejemplo de consencuencia y pureza. Ese legado consiste en servir cañas, cafés, bocadillos, croissants y raciones a precios justos y ecuánimes; a no seguir la progresiva política de vender platos mediocres a precios disparatados. Es una mera cuestión de honestidad, de preferir morir preso del mordisco caníbal de una ciudadanía fascinada por la estela de una modernidad que siempre amanece obsoleta, antes que ceder a cambios torpes e igualmente suicidas que no evitarían la muerte del bar español tal y como lo conocemos... (o como lo conocimos). En sus escasos 7 minutos de metraje no hay resquicio para la esperanza, quizá porque no la hay. Sólo es cuestión de tiempo... ellos lo saben.  

Yo quiero ser menos pesimista y algo más cínico. Al final sólo quedarán franquicias horteras, bares modernos, blancos, elegantes, estériles... o saloncitos abigarrados, recalentados, cargados de antigüedades que antes sólo recogían los vagabundos que escarban en los contenedores y que ahora se venden como tesoros de almoneda. Y aburridos nos daremos cuenta de que no hay nada más moderno que lo que no lo es. Puede que para entonces sea demasiado tarde y ya no queden siquiera los cimientos de todos esos bares en los que desayunamos, almorzamos y cenamos junto a aquellos que ahora visten arrugas o que ya sólo están en fotos. El plato cuadrado es la metáfora de la insignificancia, de un presente que caricaturiza al pasado, del desprecio a la memoría, de la fascinación por una vida liofilizada.  

Escurriéndome la chorra en la letrina del Bar Noviciado, me fijo en esas paredes churretosas que permanecen impasibles ante los malos augurios. ¿Cuántas pollas han descargado aquí desde 1947?...
Hace ya unos años, en el fragor de una de esas conversaciones con colegas que justifican seguir vivo, uno de ellos me confesó que su sueño era hacerse un fular con los pelos del culo de Shania Twain. 
Aspiraciones tan líricas y hermosas como esa sólo se forjan en barras así, en barras con platos redondos.

Arnyfront78 


La muerte del bar español y la invasión del plato cuadrado:
https://www.youtube.com/watch?v=6syFNP5pUHE

 

viernes, 21 de febrero de 2014

El Chorrillo

C/ del Acuerdo 3
Metro: Noviciado (línea 2)
Botellín: 1,25€ (Mahou)
Caña: 1,25€ (Amstel)
Tapa: a elegir para los asiduos. Para los no habituales... bazofia.


Hay una secuencia en la película Barrio, dirigida por Fernando León de Aranoa, en la que uno de los protagonistas busca trabajo como repartidor de pizzas. El diálogo entre el chaval y el encargado es el siguiente: "hay cuatro turnos de trabajo: tarde, noche, de lunes a viernes y fines de semana. Te puedes meter en el que quieras que te va a dar igual, luego te lo cambio yo como me salga de los cojones". Algo parecido sentí cuando visité por primera vez este bar que se encuentra equidistante de la calle San Bernardo y el cuartel del Conde Duque. 

Siempre he considerado un detalle que al pedir la consumición el barman me pregunte qué quiero de aperitivo, aunque nunca me ha molestado que, sin preguntar, me endose lo que quiera (normalmente lo más rancio). Lo que me desconcierta es que me pregunte qué quiero, le diga que torreznos (a la vista de que se los habían puesto a los que estaban allí) y nos ponga lo que le sale de los cojones, esto es, dos canapés de chorizo sobre pan rebenido. No entiendo la jugada. ¿Para qué coño me pregunta? Me parece tan inapropiado como arriesgado vacilar a un desconocido. Quise ser comprensivo dada la cantidad de gente que había. Entiendo que estar poniendo cañas todo el día es una putada y que un despiste o una sordera transitoria puede afectar a cualquiera. Así que regresamos semanas después para corregir nuestra opinión o para corroborar nuestras sospechas. Esta vez cambió de táctica pero con la misma intención: ponernos la peor tapa. En vez de preguntarnos qué queríamos, directamente nos encasquetó los cuadrados rebozados que podéis ver en la imagen.

Sin comentarios. ¿Por qué todo esto?... me temo que porque no somos habituales. Debe ser que les sobran clientes, me alegro por ello. Aun así estoy dispuesto a darle una tercera oportunidad dado que los botijos están bien fríos y el ambiente es juvenil, desenfadado, diría que incluso cálido. Lo más destacable... bastantes fotos de paisajes esteparios (seguramente son fotos del pueblo del dueño... un clásico provinciano) y un enorme ventilador blanco de estilo caribeño que pende amenazante sobre las cabezas de los libadores. Los bocatas y montaditos están a buen precio, pero las raciones son caras para ser habas contadas. Siendo justo creo que no es mala elección en la zona. Un bar de cañas puro y duro, no como muchos de los sofisticados engendros que llenan las inmediaciones de Conde Duque. 
  
Además el camarero joven parece majete. Veremos si cuando tenga los años del Liam Gallagher de turno no tiene la misma mala follá. No es nada personal, nunca lo es, probablemente sea un gran tipo, pero seleccionar el aperitivo en terminos de asiduidad o inconstancia dice mucho de una persona. 
La conclusión respecto a este bar es de decepción teniendo en cuenta las expectativas creadas en base a los comentarios positivos leídos en la red y de cínica displicencia careciendo de las mismas. A lo mejor la próxima vez me llevo el aperitivo de casa, no sea que me plante un durum de Tampax usado con mostaza... o algo peor.

Arnyfront78

domingo, 8 de diciembre de 2013

Crumb


C/ Conde Duque, 8 
Metro: Ventura Rodriguez (línea 3)
Especialidad: los sandwiches ( de carrillera con judías verdes y queso de tetilla, de vegetal con atún, de pollo provenzal con guacamole, de lomo ibérico con queso cheddar, de rostbeef con rúcula, tomate y pepinillos, de remolacha y apio con queso de cabra, de sardinas al sumak...) y las ensaladas ( de pollo con parmesano,  con pimientos al horno con queso de cabra, con mozarella a la vinagreta de perejil...)
Menú con primero (crema de verduras del día o ensalada), segundo (sandwich o ensalada), bebida y postre... a 10,90€ (menú A) y a 11,90€ (menú B). El menú sólo se sirve de lunes a jueves a mediodía. 


Tener asueto en día laboral es cojonudo. Uno puede pasear por la ciudad y tomarla el pulso en plena actividad... sumado al placer que da ver a los demás currando. Este tipo de privilegio, ya sea porque libras entre semana o porque eres afiliado al INEM, permite aprovechar el vasto y variado mundo del menú del día en nuestra capital, siempre y cuando la buchaca dé la venia. Hay gran número de restaurantes que, ante el deprimido panorama económico, han decidido afrontar la crisis con ésta fórmula tarifaria que intenta compensar la pérdida de clientela en el ámbito de la clase media ociosa a base de menús proletarios. 


Lo que para bares y casas de comida de toda la vida ha sido siempre un excelente reclamo de oficinistas y currelas, ahora es una tabla de salvación para los que creyeron que los madrileños podíamos comer todos los días a la carta.  Y es que no sólo cadenas como Ribs, Foster´s Hollywood o Vip´s han engrasado sus cadenas de montaje de carnes picadas, filetes de aglomerado de pollo y sandwiches elásticos, también restaurantes de cierta enjundia han tenido que sacar el cartel escrito con rotring y ofertar el pack de primero, segundo, postre o café, vino y pan para poder seguir abiertos. Al final, se ha impuesto el menú del día... sobre todo el de Cáritas. 

Habitualmente en los menús priman arroces a la cubana, espaguetis con tomate, chuletas de cerdo y filetes de panga. Todo acompañado de patatas fritas congeladas... incluso con las natillas si es menester; pero escarbando un poco uno puede encontrar menús más que dignos e incluso la ocasión de comer en sitios que serían prohibitivos yendo a pelo, tirando de carta.
Lo del Crumb no es un King ahorro. El más barato cuesta 10,90 y el deluxe 11,90. Pero es una buena elección en la zona centro si no tienes mucha gusa o aspiras a ser modelo de Treblinka. 

La fachada es blanca, pulcra, con la frecuente discreción  infligida a los locales modernos que, como signo de distinción, pretenden aparentar que no hay actividad comercial alguna, que no se vende nada, no sea que vaya a entrar un heavy de Portazgo. Los comercios de Conde Duque y alrededores son de/ para la tribu. ¿Qué tribu?... no sabría decir pero se les indentifica enseguida: ropa con cuadritos, cenefas o sacada de un trastero, pelo enmadejado pero milimetricamente compuesto, llevan gafas aunque tengan vista de topgun, van a los Renoir, odian el deporte, hacen madalenas con aguaplast de colores encima, tejen bufandas en agosto y creen que Vanilla Ice es el nuevo pancake de Mississippi belle.

Definir la decoración del local es reiterar en tópicos: elegancia lechosa, tutti-fritti vintage por aquí, reivención de objetos por allá, iluminación con cableado de obra e incluso un par de sacos de harina o de cemento que, parece ser, quedan niquelaos tirados sobre un palé... el toque ARCO. Antes de comer tomamos una caña en la barra en espera de que quede mesa libre. El camarero, un chaval en esa franja de edad que hay entre hacer un doctorado y empezar a perder pelo, nos fue describiendo las distintas opciones del menú.  

Y mientras me inclino por uno u otro sandwich observo que Gianni Agnelli me escruta, desde una revista Forbes que hay sobre la encimera, con ese semblante relajado y condescendiente que se adquiere cuando la vida se reduce a un gran tablero de Monopoly en el que todo está en venta. No tarda mucho en quedarse una mesa libre. Hasta ella nos guía una chica con gafas de azafata del "Un, dos, tres". Realmente el servicio resulta enternecedor, por momentos nos envuelve un halo de tímida gentileza que me reconcilia con la condición humana, como si un video-clip de Papá Topo se hiciera realidad.  Nos sirven la crema de brócoli que pedimos de primero (la alternativa era una ensalada). Sorprendentemente es sabrosa, cremosa, convincente... un buen arreón para este tiempo otoñal a pesar del unplugged aerófago consiguiente. Sin dilaciones llega el plato central, la razón por la que el Crumb se ha convertido en un referente... los sandwiches. Probamos dos: el de roastbeef con no se qué hostias y otro de sardinas maceradas y hierbajos. 

Simplemente, cojonudos. Como diría un bloguero trendingmaniaco:  "sabores intensos, cargados de matices, con una combinación de ingredientes ligados en su justa medida  y equilibrio para realzar unas materias primas de primer orden que explosionan en la boca como sutiles burbujas de una leucorrea". 
 Vienen acompañados de un cuenquito de patata asada con boniato,  con papas meneadas con virutas de torrezno o con un mix de ensalada. Eso sí, todo tiene dos bocaos... no es un menú para encofradores. De repente me doy cuenta de que estamos con los postres (mousse de chocolate y de yogur con fresas o algo así). Y es que nos sentamos los últimos y nos vamos los primeros. Hemos comido como panzers, el resto en slowplay
 
Sin duda el éxito del Crumb se debe a la calidad de los productos con los que alquimian: esos panes de espelta, semintegrales, con nueces, con olivas... a la autenticidad de la lechuga, la rúcula, el tomate...  a la contundencia de la sardina marinada, los quesos, la carrillera... e incluso a la disposición de cervezas de "autor"... ya sabéis, como si las hubiera cocinado Neil Young y embotellado Nick Cave. 
En la página de Facebook se autodefinen como: "fine dining restaurant". Está bien tener la autoestima tan alta en tiempos de incertidumbre. 

 Mi humilde consejo de chaval de barrio ajeno a los endogámicos círculos gourmets es que no se flipen. Recientemente subieron el menú 1€ y lo suprimieron los viernes. A día de hoy el Crumb es una buena elección. Si suben los precios, no. Me quedo con la reseña de un usuario de 11870.com que por ser sencilla no es menos aguda: "...Me he gastado 13€ en un sandwich y una caña y me he ido de allí con hambre". 
Saciar el hambre es todavía uno de los motivos por los que comemos, aunque alguno crea que alimentarse es vulgar.

Arnyfront78

viernes, 15 de noviembre de 2013

Casa Antonio

C/ Quiñones, 11
Metro: San Bernardo (líneas 2 y 4) o Noviciado (línea 2) 
Botellín y caña: 1,25 (Mahou)
Tapas: Croquetas, tortilla de patata, papas con salchichas y pimientos, aceitunas, patatas fritas...
Especialidades: callos, tortilla, fabada, ensaladilla rusa, croquetas...
Menú del día muy apreciado por 9€ (a elegir entre 5 primeros y 8 segundos)



El pasado septiembre, sobre la arena no taurina de Zahara de los Atunes, cayó en mis manos el último número del hoy difunto suplemento de ocio de El País: On-Madrid. Fui raudo a comprobar con qué artículo sellaba Carlos Risco su fructífera colaboración con dicho magazine. Supuse que sería un artículo a la altura de un bar o garito excepcional y no me equivoqué. Su pluma caótica, estilizada, mordaz y honesta rindió pleitesía a una tasca vetusta, sencilla, oculta entre los muros de una calle galdosiana que parece ser antaño acogió al Tribunal de la Santa Inquisición, archiconocida en el vecindario pero ninguneada por los foros de sabios necrosados que no salen de las tertulias del Cafe Gijón, el cocido de Malacatín y el bacalao de Casa Labra. 

En Casa Antonio no hay placas que conmemoren que Cela bebiera allí absenta con Oteliña (aquella insólita chofer abisinia a la que exhibía para promocionar la guía Campsa) o que Fraga inaugurara el comedor a base de cuescos trémulos. No sabemos si en su váter descargó Miguel Mihura, si el Giocondo de Umbral sedujo a alguna aristócrata sedienta de verga obrera o si entre excesos de excusado McNamara encontro a Diós disuelto en una plata... de lo que sí sabe su artístico alicatado es del efecto que el tiempo ejerce sobre los hombres, sobre aquellos que nacieron el año en que se fundó (1964) y ahora tienen 49 implacables años y sobre aquellos que tenían 49 años entonces y ahora sobreviven gracias a la cafinitrina o sólo están presentes ya en fotos que pierden color en el fondo de un cajón. 

Supongo que cientos, miles de epopeyas parecidas han presenciado doña Inés y sus hijos, regentes del local, ciegos, sordos y enmudecidos por la implicita omertá que acarrea llevar un negocio en el que la gente zozobra en alcohol. El buen hacer que en la cocina tiene la legendaria mamma, preparando guisos como los que podría hacer tu abuela, con patatas fritas que no proceden de un arcón de congelados, con composiciones imperfectas en el emplatado como las que nos salen a todos cuando cocinamos en casa, sólo puede trasmitirme verdad, una palabra que poco a poco pierde significado en una sociedad absorta, desconcertada, aturdida por las apariencias. 

Platos de cuchara y diente que calientan en enero y arrebatan en julio son apurados por alarifes, chispas, profesionales de las teclas, estudiantes de mucho y poco, actores de la vida y algún que otro viudo destemplado. Las noches de farra también sirve de sacristía para la chavalería más "in" que alterna en el Siroco y para los no tan jóvenes que esquivaron el suicidio tras lustros escuchando a Los Planetas.
Ahora Casa Antonio, como museo vivo de la ciudad que es (no como muchos otros que expiran en un sueño de salas moribundas), como ejemplo de la tradición madrileña de convivencia en torno al bar en vez de a la iglesia, tiene el reto, nada fácil de resistir a la presión de un barrio amenazado por la gentrificación y a la inexorable necesidad de que las cuentas cuadren. 

Puede que si las cosas se tuercen tengan que traspasar el bar. Probablemente lo compraría un fondo de inversión que se lo alquilaría a jóvenes con pretensiones artísticas, estéticas y funambulescas  que quitarían la cabeza de toro de plástico, la máquina tragaperras, las mesas de mármol  y las botellas de brandy. Y en su lugar meterían muebles reciclados, velas aromáticas, conexión wi-fi, chaise longues para comer tumbados y té de las montañas azules de Nilgiri recogido hoja a hoja por tamiles con codos sucios, en lugar de tintorros y claretes. Y entonces la coyunda ya no sería Casa Antonio aunque dejasen el rótulo con el nombre como frívolo vestigio de lo que otrora fue una taberna castiza. Por suerte sólo son cábalas que espero no se cumplan. Sería una pérdida irreparable. 

Antes de marcharme observo un sifón de seltz que parece llevar allí toda la vida. De él pende un banderín del atleti. No podía ser de otra forma...
Suenan ecos de resistencia para Casa Antonio... siempre con una Mahou fría en la mano...
"When you walk through a storm
hold your head up high,
and don´t be afraid of the dark...
walk on, walk on
you´ll never walk alone"

Arnyfront78

domingo, 22 de septiembre de 2013

Airiños do Miño

C/ de Ponciano, 4
Metro: Noviciado (línea 2) o Plaza de España (líneas 2, 3 y 10).
Botellín: 1,30 (Mahou). Grifo de Estrella de Galicia.
Tapas: Buena cantidad... papas con chorizo y pimientos de padrón, papas con carne, langostinos cocidos, tortilla campera con chorizo, mini-percebes...
Especialidades: cocina gallega...marisco, lacón, empanada, churrasco de ternera, pimientos de padrón...



Hay bares a los que puedo ir treinta veces que no sé cómo volver a ellos, bien porque se encuentran en un laberinto indescifrable de calles, bien porque el alcohol evapora el rastro de baldosas amarillas, o por ambas cosas. Si me dijeras que te explicase cómo se llega a Airiños do Miño lo llevas claro. Sé que está entre la Plaza de España y San Bernardo, pero siempre que voy tengo que dar un par de vueltas por la zona para poder encontrarlo. Eso me ha permitido descubrir nuevos rincones hepáticos que desglosaré en breve, así que no me preocupa demasiado la amnesia. Creo que incluso es selectiva. 

La primera vez no tuve buenas vibraciones. Era viernes, el aforo estaba a tres cuartas y yo jodido de la muela del juicio. De tapa me plantaron una docena de percebes párvulos del tamaño de la uña del meñique. Asombroso, desconcertante... percebes de tapa. El cocktail de olor a tabaco (por entonces se podía fumar), de sustratos de grasa rancia embelleciendo capa a capa las paredes, de la ampolla analgésica para equinos que llevaba en la sangre y de los citados percebes exhibiendo un obsceno manojo marino de condilomas acuminados, fue aterrador. Pero volví por allí, con ganas de confirmar o rectificar la impresión abstracta que me había formado, y la verdad es que, por un lado, el sitio es aún más pringoso de lo que recordaba, pero por otro, creo que merece una oportunidad para el neófito que puede ser la única o la primera de muchas. Como en la mayoría de tascas de la new wave folclórica, o la odias o la amas o la amas odiándola o la odias amándola. Por allí andan siempre chicas de hoy en día que están hasta el coño de los bibliobares que se llevan por la zona y que se dejan caer por allí en busca de yesca. La última vez, una de ellas entabló un debate autocolectivo, sobre la crisis bancaria en Chipre, con los que allí estábamos: los agentes de Tabernomaquia, Cristian el camarero, una amiga suya hablando por teléfono para no escucharla y un bebedor de chatos que ajustaba el sonotone. El acta de reunión concluyó que los que nos gobiernan se dividen entre abyectos e incompetentes y que siempre será así. Quería seguir hablando pero a saber de qué...
 
Decir que el dueño, como le ocurre a la mayoría de patriotas que acaban yéndose de su tierra, necesita robustecer su fe exhibiendo bufandas y enseñas del Celta y el Depor (pensaba que eran enemigos irreconciliables) y una bandera roji gualda (escasamente menor a la que ondea en Colón) que vela porque los bebedores cumplan la ley. Pero creo que parte del éxito relativo que tiene el bar se debe a Crisitian, el camarero. Es verdad que lo raro sería ver a un lapón haciendo piña colada y no a un sudaméricano sirviendo pulpo, pero no dejan de asombrarme ciertos, a priori, contubernios que, en la práctica, funcionan. Desde luego que este sitio no tendría la misma gracia si lo llevasen las polillas que revolotean en torno a la lámpara. Crisitian no es que sea la alegría de la huerta pero el tío es amable y generoso. Parece uno de esos secuaces de Daddy Yankee que flanquean las atezadas nalgas de las abanderadas de "Oye mi canto"; pero me temo que no, que no tiene esa suerte, que es un currante nato que da cuartelillo, sin dobleces, a cualquier brasas que va a soltarle la chapa. 

Me recuerda a todos esos amigos sudamericanos (Miguel, Natalie, Alex, Erison, Mario y por suspuesto, nuestra madre Teresa, la gran Teresa) que tanta mierda nos han aguantado en el bar del barrio. Ya no queda ninguno de ellos, ni tampoco nadie en el bar. Esta crisis ha hecho que vuelvan a sus casas y que parte de nosotros (los españoles con oportunidades fuera, no la gente del gueto que seguimos inermes bajo la tormenta) abandonemos la nuestra. Todos tenían algo en común, algo que se nos ha olvidado o no hemos aprendido aún: humildad.

Arnyfront78

viernes, 13 de septiembre de 2013

Bar José


C/ de la Palma, 62
Metro: Noviciado (línea 2)
Caña (no hay botellín): 1,50€ (Mahou)
Tapas: sandwiches de pasta de cangrejo y aceitunas con empanadillas chinas.
Especialidad: hacer lo imposible para que la gente no vuelva 



Cuando inauguramos la sección "Te sableamos pero como molamos" eramos conscientes de la dificultad a la hora de delimitar qué bares pueden encajar en ella. Nos referimos a sitios en los que por ser clásicos, por estar de moda o porque los barriles de cerveza que compran son de brent, suben los precios de las cañas como si de bienes suntuarios se tratasen. Hay una clara superioridad moral en esa perspectiva empresarial, ya que tienes que estar muy seguro de que manteniendo los precios altos puedes sobrevivir a la competencia. 


Pero es cierto que el establecimiento ha de tener cierta enjundia, algo así como una postura aristocrática frente al agresivo mundo hostelero; de ahí que hasta la fecha hayamos incluido dos bares decadentes pero atractivos como "Sagasta Vinos" (1,80€) y "Casa Parrondo"  (2€). Por ejemplo, en la vida incluiríamos la "Cervecería Sierra" aunque la caña sea más cara (2,40€), ya que que sablean pero no molan. Y por supuesto tampoco el "Bar José".  Allí la caña es indudablemente cara (1,50€) y huele a rodaballo. El bar es folclórico, purulento... está limpio pero tiene pinta de sucio... el calor es húmedo como en Saigón el 30 de abril de 1975 cuando cayó en las manos del vietcong; a ratos huele  a fritura de carroña y a ratos a desinfectantes industriales. 

La camarera asiática exhala aversión letal, como un "charlie" que trabajase silenciosamente para el enemigo. Para colmo un plato de alfarería chabacana, cargada con los típicos  chascarrillos machistas y bravucones que suelen comprar los que se sienten muy machos, amenaza a los clientes de la siguiente forma: "El pincho que aquí ponemos es obsequio del patrón. Si protestas lo quitamos, así que no seas protestón. No mires su tamaño, mira sólo la atención y no olvides que es un obsequio y no una obligación. y os saluda el patrón".  Pues bien, patrón José... ¡a obedecer estamos!

No recuerdo la última vez que oí el término "patrón" al margen de las pelis de narcos. Probablemente fue en "Novecento" o en "Los santos inocentes". Evoca a una España siniestra, a una relación laboral entre empresario y trabajador cercana al vasallaje. Debe ser cosa de los nuevos tiempos que se avecinan.  

Está claro, patrón, que los clientes no podemos exigir la cantidad, tamaño, color, olor e incluso existencia o no del aperitivo; pero aun podemos salir por la puerta que entramos y no volver más.
Comparando con el resto de bares de Noviciado ha sido una de las cañas más  caras, rancia y que con más desabrimiento he pagado (bueno no la pagué yo, pero como si la hubiese pagado) por la zona. Al contrastar, me parecería más barato un café expreso a 30€ en la plaza de San Marcos de Venecia.
Patrón José, menos mal que por tu bar vela la virgen de Guadalupe, si no... tendrías que usar el excedente de sandwiches de pasta de cangrejo que poneís de aperitivo para forrar cojines. 

 A la salida del garito nos preguntábamos, junto al gran Juanky "el segoviano" (con el que fuimos de birras), cómo es posible que haya bares limpios, con precios razonables y con trato agradable que se van al carajo ahogados por la parca crediticia, mientras otros siguen en pie a base de hachazos al bolsillo, trato denunciable y unas raciones guisadas en hormigoneras. 

¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?......


 Arnyfront78

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Madrid, Madrid
Vuelve la afamada fórmula de alcohoy y literatura como guía chusca del Madrid contemporáneo