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Mostrando entradas con la etiqueta Centro. Mostrar todas las entradas
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lunes, 4 de mayo de 2015

Malaspina

C/ de Cádiz, 9
Metro: Sol (líneas 1, 2 y 3)
Botellín: 1,50 (mahou)
Grifo de Mahou
Tapas: canapés, tortilla de patata con lacón y queso, croquetas de jamón con patatas paja, chorizo...
Especialidades: tosta Malaspina (lacón, queso, tomate, orégano y pimentón), huevos estrellados con jamón, pisto manchego con huevo, calamares a la romana, pimientos del piquillo (rellenos de bacalao o carne), carne asada en su jugo, tortilla de patata con lacón y queso, patatas bravas, pimientos de Padrón, lacón a la gallega, queso de oveja, jamón ibérico...





Poner nombre a un local, en general, y a un bar, en particular, es todo un desafío. Los hay tradicionales, que apuestan por homenajearse a sí mismos con nombre o apellido  (Bar Garcia, La Esquinita de Ataulfo, Los Molletes de Montse...).  Todo un gesto de humildad e imaginación. También es habitual tirar de gentilicio (El Mañico, La Peña Soriana, Entre Cáceres y Badajoz...), en honor a la tierra que uno tanto ama desde la distancia. 

Luego están los ingeniosos (Latina Turner, El Triángulo de las Verduras, A Tomar por Copas, Tasca-gao...) y los imposibles (Bar Fritanga, Venta la Cagá, Bar Márchese o Restaurante El Quinto Coño). Menos frecuente es bautizar un bar con referencias eruditas que exigen un mínimo de conocimientos para entender el guiño. Nombres de escritores, científicos, monarcas, tratados internacionales o términos teológicos... sólo tienen sentido si son consecuencia de su ubicación (llamarla Cervecería Quevedo porque está en la Glorieta de Quevedo), o del oportunismo (Lounge-bar Ortega y Gasset porque el insigne filósofo compraba allí huevos cuando el local era una pollería). Si estas no son las razones, lo más probable es que sea un homenaje sin sentido fruto de pulsiones pedantillas.

El por qué de que la Taberna Malaspina esté inequivocamente erigida en loor del noble de origen napolitano que, como brigadier de la Real Armada, promovió una homérica expedición a finales del siglo XVIII a través de las posesiones españolas en el Pacífico, es una incógnita por desvelar. Sobre todo porque no es una pomposa cafetería con tertulia literaria, sino una tasca relativamente joven, decorada al uso de las viejas cavas valle-inclanescas en la que no hay más referencias culturales que las que se pueden leer en la carta de combinados. La gente no pide fragole al cioccolato con una botellita de Veen Velvet porque no las hay. Allí se estilan los cubos de sangría, las patatas bravas, la paletilla de jamón posibérico, la manga ancha con el White Label y una fregona super absorbente para recoger las cosas que caen fuera del inodoro. 

Nos gusta esta cripta artificial, sombreada con la luz justa para no hostiarse en sus angosturas. Me sugiere el tipo de bar que yo montaría si quisiese poner uno. Es, sin duda, un fake para que los guiris se dejen la panoja, fascinados por la constatación de un imaginario forjado a base de estulticia y malas guías de viajes que se empeña en delinear una España legendaria de toreros con un testículo, paellas fluorescentes y putas con entrecejo. Con La Soberbia comparte lazos estéticos, propósitos deshonestos y una estudiada apuesta por armonizar el turismo de masas con la cañita de media tarde de un madrileño con sed. 

Al menos, está bien hecho; es un buen camelo. No todos los bares de la zona pueden decir lo mismo. Los relaciones públicas argentinos, mercenarios de negocios impresentables, apostados en las esquinas de la Plaza de Santa Ana, al acecho de guiris cual prostitutas a fin de mes, podrán camelar a 50 hooligans del Aston Villa sedientos de espuma y herpes, con copromenús de grupo, chupitos de Pato WC y un fin de fiesta a base de puñetazos, pero la mayoría de nuestros conciudadanos busca planes menos convulsos. En Malaspina se está a gusto cuando hay bajamar de fuckin´ brits y de histéricas colegialas francesas con el vestíbulo vulvar chorreante como las cuevas del Drach. 

Cuando el sobresaliente decorado induce a un respetuoso armisticio entre los presentes cabe incluso un "padre nuestro" de los de antes. Es verdad que la cocina no es nada del otro mundo... que las raciones no dejan más huella que la de una digestión abrasiva, pero nada es gratis en este Madrid de "Toma el dinero y corre" en el que si no engañas es que te están engañando.

En fin... aperitivos sin pegatina de biohazard, camareros adecuados para servir huevos rotos con chistorra y una terraza desde la que se puede advertir como el orín que fermenta en los recovecos y portales de la calle Cadiz marinan la farra de una ciudad sin olimpiadas que se ha especializado en organizar FITURES y maratones sodomitas.


Arnyfront78

sábado, 28 de febrero de 2015

Nueva Galicia

C/ de la Cruz, 6
Metro: Sol (líneas 1, 2 y 3) y Sevilla (línea 2)
Botellín: 1,30 (Mahou)
Caña: 1,30 (San Miguel)
Tapas: jamón serrano, aceitunas, lacón, tortilla, cacahués, engrudos extraños...
Especialidades: Lacón, pimientos de Padrón, bravas, empanada, alitas, callos, albóndigas, calamares, bocadillos, platos combinados...
Menú del día por 9€


Tengo ya unos cuantos años  y buena parte de ellos los he consumido acodado en barras mugrientas. Creía que había visto todo tipo de antros, brebajes, comistrajos y situaciones grotescas, pero no es así. Recientemente hemos vuelto a uno de los bares más costroso y deplorable de la ciudad, el Nueva Galicia. 

Encima fuimos acompañados por una amiga franco-española que no daba crédito a nuestras querencias insanas. El bar suele estar lleno, así que resulta difícil explicar a alguien allende fronteras, por qué los bares infectos y corruptos son consustanciales a la turbia cultura madrileña. En la visita anterior, un camarero con uñas como navajas suizas rellenas de restos negros parecidos al caviar nos cortó unas lonchas de paletilla rancia que sabían a goteras de cisterna. Un aperitivo, sin duda, mejorable, pero al menos definible. Lo de esta vez sobrepasa lo denunciable para decaer en lo humorístico. Juzgad vosotros mismos... el plato fue fotografiado tal y como lo trajeron y así quedo en la mesa. 

¿Qué es?... supongo que todos hemos dejado algo así, a las seis de la mañana, entre los coches aparcados junto a una discoteca que está cerrando. Jamás me habían puesto nada parecido. A mi chica tampoco. A su amiga tampoco. ¿En qué está pensando un cocinero que hace algo así y un camarero/a que lo sirve?... supongo que en nada bueno. Debieron creer que somos cuadrúpedos. También nos podrían haber preparado un rincón con arena por si nos daba por excretar.  


Ante un aperitivo tan mucilaginoso caben dos opciones: ir a los juzgados de Plaza Castilla con la plasta en un take-away para que la envien a toxicología o bien, tomárselo a joda y volver otro día para ver si el siguiente aperitivo supera al anterior. Mejor reirse, ¿no?. Al fin y al cabo pasamos un buen rato. También lo pasaba bien una cuadrilla de adolescentes de cuarenta años que, cubatazo en ristre (las célebres jarras champion a 5€ cargadas hasta la mitad con zyklon B) se asperjaban unos a otros al hablar con gotas de priba. Buenos chavales... algo frikis, algo feos y algo pedorros... informáticos seguro. Teorizaban con convicción sobre cómo se debe entrar a las pibas, sobre lo que quieren (la seguridad que aporta el dinero) y la clase de tíos que les gustan (por supuesto... hombres como ellos). 

Escuchándoles lo único que me quedaba claro es que llevaban sin follar lustros y que cuando lo han hecho ha sido con un datáfono de por medio. Otros días están los que se han dado de hostias con medio Madrid sin tener un rasguño en la cara y los que ganan tanta pasta que se van al váter cuando el camarero trae la cuenta... inseguridades y complejos "on fire" con la tercera copa. 


La gran familia que regentó durante 27 años el bar ha traspasado el negocio a otra gente. Salvo por la citada bazofia de aperitivo, todo parece igual... el cartel de la tarde en que Avispado desangró a Paquirri en Pozoblanco, la foto de la selección de futbol con las caras de los jugadores desfiguradas por la grasa, mesas sin sillas, sillas sin mesas, manteles con bujeros y ese agrio olor a rancio resultado de la letal combinación de comida caducada, sudor de machos ungulados y mala ventilación. En definitiva, es lo más parecido a una vieja y sucia tasca portuguesa, perdida en las fascinantes tierras del Alentejo, con algún toque del exotismo romaní de Kusturica. 



 Nada que la juventud madrileña más canalla y divertida no asuma como parte de su adn. "Todo lo interesante ocurre en la sombra" afirma Ferdinand Bardamu, proscrito entre sus congéneres. 
De Galicia... ni rastro.

Arnyfront78

lunes, 19 de enero de 2015

La Abuela

C/ de Espoz y Mina, 28
Metro: Sol (líneas 1, 2 y 3)
No hay caña, no hay botellín... por huevos jarra o tercio: 2€ (San Miguel).
Tapas: nueve aceitunas y cuatro ajos fritos.



Hay negocios que merecen desaparecer por mucho que tengan un siglo. O mejor aún... que siga el negocio, sin los negociantes. La Abuela parece un buen bar, de esos a los que uno entra si necesita tabaco o ir a mear. Fundado en 1912 ha presenciado, desde sus esquina elíptica, el ir y venir de, al menos, cinco generaciones de españoles y no españoles ajenos a su antigüedad. Y digo antigüedad y no hidalguía porque va a cumplir ciento tres años y a nadie le importa un carajo. 

Hay bares en Madrid que, con la mitad de edad, han sido reconocidos por la ciudadanía como bienes a preservar. Éste no. Me preguntaba cuál es la razón o razones de dicha desafección y ahora sé la respuesta: los dueños, esa sombría pareja de hermanos que lleva el bar como si fuese un pesebre, enrarecen el aire. En cada acto o gesto se hacen patentes tics cargados de malediciencia y mezquindad. Por de pronto, entrar en un bar vacío en vísperas de nochebuena es bastante sospechoso; más en una zona en la que el resto están a rebosar. 


Nada más entrar fuimos radiografiados con esa inquina prejuiciosa propia de empresario preconstitucional que tiende a encasillar a las personas en categorias zoológicas: la zorra, el cerdo, el cabrón, la víbora... 
Nos sentamos, pedimos y la primera en to la frente: el camarero con síndrome de audición selectiva...
"-Querría un cañita.
-Muy bien. ¿Algo para comer?.
-No".
(Subsiguente gesto de asco)
Y lo que recibo (como era de esperar), no es la caña que he pedido sino una jarra de San Miguel escarchada en la que flotan una docena de iglús con sabor a apio. Empezamos bien. De aperitivo... un platillo con nueve aceitunas y cuatro ajos fritos que el susodicho arroja sobre la mesa con gran desdén. 


Inmediantamente se pone a pasear de un lado a otro del bar como lo haría un indio yanomami que ve por primera vez una máquina de pin-ball: receloso, desconfiado, temeroso de que una pareja con un bebé tuviera la tentación de irse sin pagar; seguramente convencido de que la gente joven no es de fiar. El otro, mientras, atiende la barra vacía cortando lonchas de jamón, en espera de que atraque algún trasatlántico petado de guiris desorientados, incapaces de distinguir el ibérico del Navidul.

Pero, de repente, se hace la luz, entra más gente... una familia cualquiera, una pareja  peculiar y un single estiloso hablando por teléfono. No tienen pinta de ser habituales de la casa. A éste último se le ocurre apoyar una jarra de cerveza sobre una de las mesas y de inmediato es apercibido por el dueño:
"-Las mesas son para los que piden comida".
El hombre palidece. Ni Federico Jimenez Losantos sirviendo un menú Big King a Santi Potros habría sido tan borde. Así que, estupefactos por lo que parece una estrategia comercial kamikaze, pedimos la cuenta: 4,50€ por una Coca-cola y una jarra. Pagamos sin dejar propina y abandonamos el local con el mal gusto en la boca de haber pasado un rato desagradable; siendo testigos de cómo la gente infeliz necesita contagiar su amargura para sentirse menos vulnerable.

Arnyfront78

miércoles, 7 de enero de 2015

Mesón Viña T

C/ Navas de Tolosa, 7
Metro: Callao (líneas 3 y 5)
Botellín: 1,10€ (Mahou)
Tapas: papas con chorizo, tortilla de patata...
Especialidades: bravas, pimientos de Padrón, callos, oreja en salsa, tortilla, croquetas de setas, albóndigas, pimientos rellenos, gambas al ajillo, setas, chichas, chopitos, morcilla, bienmesabe, croquetas de jamón...




Hay profesiones que suelen conferir o potenciar determinados atributos inherentes al ejercicio de las mismas. En términos de sociedad, unos son provechosos como la abnegación del médico, la paciencia del artesano, la precisión del arquitecto, la locura del poeta o la generosidad de la puta. Otros son perniciosos a pesar de parecer inevitables... la ambición del banquero, la soberbia del juez, el cinismo del abogado, la crueldad del proxeneta o la mendacidad del político. 

La frecuente mala hostia de los camareros/as no aporta nada. En ocasiones parece justificada por el estrés que conlleva un trabajo que debería ser agradable y a menudo se torna insufrible... la acritud como anticuerpo. Pero de vez en cuando te encuentras con profesionales de la barra que, a pesar de las dificultades y del ingrato contacto con la clientela, mantienen el tipo con admirable entereza. Todavía hay gente maja por ahí; gente que irradia nobleza. 

Así son los hermanos que tripulan el Viña T. Ella y él, Patricia y Jorge,  jóvenes resueltos y simpáticos, hijos del patriarca Teo. Últimamente vuelvo a frecuentarlo. No tanto por el precio de los botellines y las raciones como por ese capital humano que es, sin duda, el mejor valor añadido que tiene un bar. Al final, uno repite garito porque se encuentra a gusto en él,  hechizado por una propuesta en la que el qué, el dónde, el cómo y el con quién son lo suficientemente persuasivos como para reincidir. Un litro de Mahou vale 1,09€ debajo de mi casa, los bares no pueden competir con eso. Deben ofrecer algo más. 

Bar, tasca, mesón, bodega... diría también refugio, casino alcohólico para una juventud sin  complejos que comparte su tiempo con el de al lado en torno a una pira de minis, jarras y bravas. Hay asiduos que, con bienintencionada torpeza, describen el tinglado en internet con términos como "cutre" y "guarro". Como si el hecho de ser pintoresco y barato llevase aparejado, per se, un nivel de limpieza inferior al de un negocio con precios ofensivos y níveas evanescencias. 

Tendemos a confundir la blancura con la higiene; a convertir las apariencias en espejismos asépticos. Hay más de un restaurante distinguido que acompaña su platos con imprevistas guirnaldas púbicas. El Viña T es antiguo; sobrevive amenazado por la insensibilidad de un presente que exige la inmolación de lo arcaico; persiste incolume, pertrechado de objetos innecesarios, cachivaches fascinantes y guitarras insurrectas que, precisamente, le confieren ese aura mágico que tendría el bar de un pueblo asediado por el fuego; un lugar donde abandonarse a la embriaguez junto a ménades frenéticas indultadas de un mañana que vivir. 

Una remodelación para que muchos dejen de pensar que es cutre acabaría con todo eso. Entonces mi menda y muchos otros dejaríamos de ir.
Larga vida a las barras con reuma, a las mesas repletas de vídrios y a las camareras con sonrisas capaces de alumbrar almas sin luna.

Arnyfront78

martes, 14 de octubre de 2014

La Alegría

C/ Veneras, 7
Metro: Callao (líneas 3 y 5)
Caña (no hay botellín): 1,30€ (Mahou)
Tapas: tortilla, aceitunas, boquerones en vinagre...
Especialidades: callos, lacón, tortilla, bonito con tomate, sardinas escabechadas, anchoas, jamón o lomo ibérico...

















 

Hoy os quiero yo lanzar
ripios de mala rima.
No son tristes alegatos
sino loas de alegría.

Oculta en callejón estrecho,
estrecha como cruel flaca,
cantina de puerto urbano,
capilla que inspira y salva.

Corraliza andalusí,
o chusco pesebre castizo
con una bandera asturiana
que acaba rizando el rizo.

La Alegría de erigirse
en museo costumbrista
da color al albino, al borracho,
a la puta y al taxista.

Entre chatos sangre y clarete,
espumas, burbujas y sodas
busca su sitio un filete
o una tortilla burlona.

Lacón curado en la casa,
callos de toma y moja,
boquerones en vinagre
y en el váter... lonchas de coca.

Sobre banquetas melladas
o asidos a ubres prietas
fluye el charla que charla
 cual fuego de metralleta.

Demasiada gente el viernes,
demasiada gente el martes,
a veces parece aquello
el coño de Holly Michaels.

Marqueses de la impostura,
esgrimistas de tercios,
guapas impenetrables,
jubilados en excesos...

camastrones y golferas,
errantes de la rondalla,
todos esperan que Beni
sirva las cañas heladas.

Y qué decir de Fermín,
consagrado tabernero,
con su arte "crisopéyico"
hace del vino un suero.

Aquí no hay tele que valga,
ni wifi... ni pijerías,
...barra pa apoyar el codo, 
caldos rojos y compañía.

Semillero de noches locas,
fin de fiesta del prudente;
cada uno elige su meta:
fría, tibia o ardiente.

Para algunos bar de viejos, 
para muchos un hogar, 
para mi una referencia
del privar y el meditar.

Y si es difícil entrar,
más difícil es salir...
porque de la buena farra
nunca se debe huir.

"En una tasca del puerto
gastaba tiempo el viajero.
Presente estaba el silencio 
que limpia el alma del bueno."
(Instantes; Malevaje)

Arnyfront78


sábado, 26 de julio de 2014

Gayagum

C/ Bordadores, 7
Metro: Ópera (Líneas 2, 5 y ramal)
Especialidades: bulgogi, dumplings (empanadillas coreanas), pollo al teriyaki, arroz con carne y verduras, sopa de pollo con ginseng, cazuela de kimchi con carne y salchichas, arroz frito con pollo y langosta, tempura...




Ha nacido un estilo: el astureano, es decir, la mezcla ebria de asturianismo salvaje y comida coreana posnuclear. Todo empezó con el cierre de "La Quintana", un mesón cuya infraestructura se parece más a los típicos salones de bodas del corredor del Henares que a los chiges de Avilés. 
 
Pero he aquí que los responsables del Tulipán-Gayagum, situado en el barrio de La Concepción, deciden dejar la periferia para instalarse en el eje Opera - Sol - Callao, en donde la crisis, los ruinosos alquileres y el exceso de oferta hostelera engullen más bares que el triangulo de las Bermudas barcos. ¿Y creéis que hacen reforma para cambiar esa decoración Astur y adaptar el local a un dojang coreano? (aunque sólo sea para hacer taekwondo)... ni hablar. Dejan intacta la barra de sidrería, los salones revestidos de madera, los marcos con escudos de municipios del Principado e incluso la imagen de la santina bendiciendo el ruedo y se ponen a servir bulgogi y pollo teriyaki sobre una vajilla con la cruz de Don Pelayo... ¡con dos cojones! 


Pero eso no es todo. También sirven raciones tipical spanish (jamón, queso, lomo, etc...); así que el desconcierto es absoluto. Podríamos concluir, por tanto, que el estilo del Gayagum no pretende fusionar dos gastronomías diferenciadas para obtener platos que sean mezcla de ambas (rollo cocina chifa); sino más bien proponer un disparatado gazpacho de platos disonantes fruto de la ilimitada imaginación asiática. Así puedes llenar la mesa con platos coreanos y españoles  que, en principio, no tienen relación alguna (siempre estás a tiempo de echar chorizo a la sopa de tofu blando). 

Nosotros fuimos a comer un día entre semana a eso de las 15:30. De la tele manaba la energía inagotable de Jordi Hurtado. Tras la barra, un mullido recogido de madame Butterfly dormitaba una siesta narcótica. El recibimiento (la zona de bar) aun olía a humedad y bollo preñao. Súbitamente nos recibió la hermana secreta de Imelda Marcos, algo extrañada de recibir clientes a pesar de ser un restaurante. Pero como en todos los establecimientos asiáticos, la actividad permanece latente en espera de reanudarse en cualquier momento. Así que nos dieron mesa. La cocina no estaba cerrada; más bien no había abierto. 


De sus profundidades salía una voz gutural, como la del general Tani, que recibía con desgana la comanda de nuestra mesa. Pedimos menú del día para economizar y concretar. Bucear en la extensa e insondable carta habría supuesto un esfuerzo inútil. No había pasado un minuto cuando Imelda Marcos bis nos trajo de aperitivo una fuente con kimchi (col fermentada), brotes varios, champiñones fríos, cacahues hervidos y unos pescados minúsculos  a medio camino entre espermatozoides y chanquetes. Nada resultaba excepcional, pero fue todo un detalle. 


Acto seguido y en aluvión llegaron todos los platos que pedimos: empanadillas coreanas, fideos de batata salteados con verduras y carne, bulgogi (ternera con salsa de soja y verduras) y una especie de arroz con un huevo frito encima. Yo comí bien, quedé saciado y con la cara bermellona. Me abstengo de juzgar si la cocina merece una beca o recuperar en septiembre. Lo cierto es que bajé al váter, me agarré a las paredes en cuclillas y liberé la fiera que arrebataba mis intestinos. Yo creo que fue la sopa que acompañaba al arroz. Estaba rica pero era demasiado intensa.


Parecía un caldito de norcoreano ajusticiado por Kim Jong-Un. Pidiendo a la carta sale entre 25 y 30€ por persona y se recomienda llevar encima la tarjeta sanitaria.
La verdad, el sitio, como poco, es sorprendente. Y eso ya es mucho.
No apto para inquisidores gastronómicos ni para cólones irritables.

Arnyfront78

lunes, 17 de marzo de 2014

El Rincón Abulense (Hogar de Ávila)

C/ Caballero de Gracia, 18
Metro: Gran Vía (líneas 1 y 5)
Botellín: 1,40 (Mahou). Grifo de Mahou.
Tapas: alitas, berenjenas rebozadas, albóndigas en salsa, lacón con pimientos, guiso de carne con patatas, tortilla de patata, migas, paella, papas fritas con pimientos del padrón y jamón, aceitunas, papas con panceta...
Especialidades: papas revolconas con torreznos, chorizo de olla, oreja a la plancha, costillas adobadas, croquetas, empanadillas, lacón a la gallega, ensaladilla rusa, tortilla paisana, albóndigas, tostas...


Poner a día de hoy un negocio en las bocacalles que salen de Montera es como abrir una tienda de artículos de pesca en las "Tres mil viviendas" de Sevilla... o no interesa a nadie o si interesa, el clima hostil se encargará de cerrarlo. En Caballero de Gracia son las prostitutas rumanas, búlgaras, albanesas..., que han destetado hace un par de años, las que arruinan, seguramente sin proponérselo, cualquier conato de aventura empresarial.

 Aunque no sean realmente ellas, las crisálidas eslavas que suben y bajan con desidia las escaleras de esos edificios ruinosos que sirven de follódromos, las que enturbien el ambiente, sino la milicia mafiosa, que desde la puerta de los recreativos o de los compra-venta de oro, chulea a niñas-esclavas con la glacial, reptante e implacable violencia de los desalmados hombres del este que, como en la película de Cronenberg, cambiarían sin dudarlo a una hija por un iPhone. 
Sólo negocios tan asentados como la Sala Sol, el Costello, el Rincón abulense y un chino que abastece de chuches y tampones a las dimitrovas, mantienen el tipo en esos callejones en los que, a según que horas, puede que tu culo tenga que llamar al Samur para que lo suturen. 

El Rincón abulense no necesita presentación; es, sin duda, un referente en ese pasatiempo, tan envidiado por los forasteros y que tan poco cuidamos los de aquí, que es tomar cañas y salir comido. Las tapas no son nada del otro mundo, diría que incluso van menguando en cantidad y calidad paulatinamente, pero por 1,40€ que cuesta el botijo están ajustadas a conformidad. Incluso los mini-pinchos de tortilla de cemento y las alitas con síntomas de catalepsia (demasiado crudas) que nos dieron en la última visita son pasables en un bar en el que el ambiente es bueno (aunque a menudo saturado), los camareros atentos y encima te vas oliendo a barbacoa de perrera... como mandan los cánones. 

A media tarde es el mejor momento para tomarse algo. A partir de las 20-21hrs, desiste de entrar si no eres trapecista; sobre todo, los sábados. Y que no te lleve a equívoco el nombre; no es un típico mesón abulense con bancadas macizas, arcos de medio punto e incluso puente levadizo entre el salón y el retrete. No es para sentarse a comer cabrito, sopa castellana o contundentes asados que resucitan o matan a un hombre. Es más bien una cafetería metropolitana, pulcra y agradable que utiliza la torreznera coartada castellana para significarse en el totum revolutum hostelero de Madrid.  

Como siempre la crueldad de la vida proyecta esquirlas paradigmáticas que uno puede percibir a poco que sea sensible, cínico o ambas cosas. Kiss TV, sintonizado en la pequeña tele que habitualmente emite partidos de fútbol, nos muestra la ingravidez pornográfica de una chavala llamada Elena Alexandra Apostoleanu, más conocida como Inna, en un vídeo-clip destinado claramente al consumo masturbatorio. Miro el vídeo, me asomo a la esquina y veo a Inna (con 10 años menos), en cada uno de esos rostros bellos y extenuados, en cada cuerpo infantil y ultrajado, en cada labio emborronado por grotescos fucsias que, sabedor de la iniquidad de la persuasión, intenta convencer a la noche de que con un poco de suerte podrá llegar a hacer también un video-clip.

Arnyfront78

lunes, 10 de febrero de 2014

Meson El Gañán

C/ Veneras, 7
Metro: Santo Domingo (Línea 2)
Caña (no hay botellín): 1,30€ (Cruzcampo)
Tapas: almóndigas en salsa, callos, aceitunas, tortilla en salsa, papas alioli, oreja en salsa...
Especialidades: el gañán (montado de panceta), el somarro (montado de lomo), el señorito (montado de jamón serrano y pimientos), el tarugo (chorizaco), el timón (brochetón), manitas de cerdo, mollejas de cordero, cuchifrito, champiñones al ajillo...




Seguimos orbitando en la calle Veneras. Esta vez toca un mesón inequivocamente anti-vegetariano. Y digo anti-vegetariano porque, siendo como son abulenses (del Losar del Barco), no se puede ser otra cosa. Recorriendo ese territoririo herido de muerte por zanjas que el frío hiende, que es el valle de Amblés, lo más cercano a vegetales que me he encontrado en la mesa fueron unas alcachofas estampadas en un mantel. 

En una tierra tan dura, en la que las tres cuartas partes de los paisanos andan sordos por efecto del viento y el resto no quiere oír, en la que las sábanas rezuman escarcha, donde los gatos y perros pesan menos que las ratas, donde las administraciones públicas nunca han invertido y nunca lo harán, sólo puede haber comida contundente, hipersaturada; que permita laborar el campo bajo la canícula o el pedrisco. Allí no hay lugar para brunches, sino para almuerzos con vino. Ser vegano en Ávila supondría apostatar de la única y verdadera religión que hay en Castilla: la carnívora.  
 
Dice mi brother Emilio que "lo verde pa los conejos" mientras se atiza un brik de leche a gañote o dentellea un chuletón de kilo cercado por el único tubérculo que admiten los depredadores de pro por no parecerlo: la patata cuando está frita. Siempre me ha fascinado ese vigor abrupto que tienen los hombres que doblan mi peso; esa confianza hercúlea de quienes podrían comandar una centuria romana o sobrevivir a huracanes anclados a una farola. No se puede dirigir el crimen organizado bebiendo leche de soja, sería una aberración estética. En el Gañán los únicos vegetales que he visto son pimientos fritos y champis con jamón. Es probable que haya más verduras pero deben estar amedrantadas por la carne, el aceite y el sebo. 

Tampoco se recomienda comer lo que venga del mar, ya que las kokotxas pueden ser de cabrito. Por contra, todo lo que ha pacido, balado o gruñido halla su destino en la lumbre. Una brasa en la que se atezan la panceta, el jamón o el lomo para travestirse (entre dos rebanadas de hogaza) en "gañanes", "señoritos" y "somarros". Estos montaditos que cuestan entre 1,20 y 1,50€, junto con el pincho moruno rejoneado con saña ("el timón") y un chorizo ("el tarugo") que parece uno de esos zurullos que, en sus extremos, pueden llegar a conectar el agua del inodoro con un esfinter en plena acción, son el motivo de visitar este aprisco mesetario en el que se ve Telemadrid y huele a urinario de estación de autobuses. 
 
Pero si sólo se quiere ir a tomarla y aprovechar la cadena de aperitivos que van poniendo con la caña, éste no es el sitio, a no ser que te guste el gastro-reciclaje: tortilla en salsa, callos en pepitoria, pollo en salsa de callos... No obstante, es el lugar perfecto para una cena romántica de ruptura y para la presentación mundial de un best-seller.  Yo me paso a menudo, ya que es, sin duda, el más literario de la calle. A diferencia del Mareas Vivas, El Labriego, Parrondo, Los Amigos, etc... donde se vive de la muchachada que sabe de la pedrea de aperitivos que han hecho del eje Veneras-Trujillos un referente en la ciudad, en El Gañán hay una feligresía autóctona tan exótica como estimulante para quienes ponderamos el lirismo que a veces dimana de lo grotesco, más allá de la simpleza de un aperitivo mejor o peor, de una caña aguada o bien tirada o de la incontinente escenificación afectiva con la que los madrileños exaltamos la amistad... allí donde se hable más alto. 

Tenues reminiscencias de ese transparente ascetismo con el que nuestros abuelos, venidos del pueblo, gestionaban la a menudo alegre y siempre absurda vida de ciudad, perduran en este antrazo regentado por representantes de una generación temerosa de Dios y del gobierno que administrará sus pensiones. 



Aun quedan sitios donde escuchar el runrún de la vida sin la necesidad egocéntrica de tener que decir nada.

Arnyfront78

miércoles, 21 de agosto de 2013

La Soberbia

C/ Espoz y Mina, 1
Metro: Sol (líneas 1,2 y 3)
Caña (no hay botellín): 1,10. Tienen jarrotes de sangría. 
Tapa: morcilla ibérica, chorizo, jamón serrano (no ibérico), chistorra, paella...
Especialidades: tostas calientes, papas meneadas, salmorejo, tortilla, almóndigas...  


Que la soberbia es uno de los siete pecados capitales se encargan de remarcarlo las camisetas que los camareros de esta moderna taberna avejentada tienen que llevar con sonrisa ensayada. Debe ser frustrante tener que sonreír así a la gente (como si tuvieras una ojiva nuclear en el esfínter), cuando a veces querrías cagarte (literalmente) encima de algún que otro cliente borde. 

Creo que lo que la mayoría pedimos del servicio de un bar es eficacia y sutil amabilidad, no servilismo histriónico. En La Soberbia los chavales que curran allí (que suelen ser bien majetes) tienen que saludar uno a uno (estén en la barra o en el váter) al entrar o salir el cliente. No creo que la amabilidad deba imponerse. Como dice el refrán: "cortesía de palabra... o conquista o empalaga". 

Hay quien dice, por la red, que es un local para guiris... ¡vaya perogrullada!, ¡como si los responsables de un bar que está a 50 metros de la Puerta del Sol no fuesen a hacer todo lo posible para que los extranjeros entren a dejarse la panoja cuando son quienes gastan más y no distinguen entre una paella y el "Tonus Complet de Purina"! La calle Espoz y Mina y sus aledaños están llenos de bares para guiris. Y me parece bien que sableen a esos putos anglosajones que vienen a hacer balconing, a romper retrovisores y a ostentar de dinero en un país donde, día a día, se incrementa el número de usuarios de comedores sociales. 

Pero La Soberbia, en particular, tiene un espectro más amplio que el resto de xenódromos de la zona y acoge, indistintamente, a forasteros que quieren cenar a las 4 de la tarde y a payos en busca de agua de fuego. Es buen sitio para tomarse unas cañas (cuando no hay mucha gente), a pesar de su paella radiactiva, de una sangría que parece Tang y de todos los tópicos que irritan a quienes van de puretas en eso de cañear pero serían incapaces de entrar en más de un bar de mi barrio. La caña está barata (1,10€) y de aperitivo suelen poner pan tostado con aceite y algún curado (morcilla, chorizo, jamón...) de inusual calidad para una cerveza que está a ese precio. La decoración es confusa, recargada, con elementos inconexos y colores ácidos, mezclando el costumbrismo postizo de "Amar en tiempos revueltos" con el sci-fi cutre de los Marco Aldany. 

Pero más inquietante es, sin duda, la zona del retrete. Hay un pasillo rojo, ensangrentado, que recuerda esa trágica e insoportable escena de Irreversible (la película de Gaspar Noe) en la que la hermosa efigie de Mónica Belucci es reventada por el cruel azar en forma de violador sin escrúpulos. Atravesar o no un pasadizo de madrugada puede cambiar una vida. Terrible secuencia. 
No sé si es por la torpe elección musical, por el incesante run-run de los camareros diciendo "¡HOLA! y ¡ADIOS!",  por el tamaño de las cervezas (mininas) o porque intuyo que un festín incontrolado de cañas y raciones me va a decepcionar, pero suelo enfilar la puerta tras la segunda ronda con el convencimiento de que hay sitios en los que, por mucho que se esfuercen, tendrían que obsequiarme con una orgía de colombianas sin depilar para ganarse mi corazón. 

Sin identidad no hay alma. Quizá sólo es cuestión de tiempo. Mientras tanto... La Soberbia sigue en busca de su pecado (aunque sea venial).

Arnyfront78

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Madrid, Madrid
Vuelve la afamada fórmula de alcohoy y literatura como guía chusca del Madrid contemporáneo