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sábado, 13 de julio de 2013

O' Pazo de Lugo

C/ Argumosa, 28
Metro: Lavapiés (linea 3)
Caña (no hay botellín): 1,30€ (Amstel)
Tapas: gambas, papas alioli, tortilla, papas con chorizo, salchichón...
Especialidades: Pulpo, lacón y merluza a la gallega, tortilla de patata, empanadas de carne, atún y bacalao, solomillo de cebón, chuletón de ternera...
Menú del día por 15€
 
 
 

Con está entrada queremos cerrar la trilogía gallego-chulapa que empezamos con el Chacón (templo del exceso por antonomasia), seguimos con el Portomarín (paradigma de la decadencia) y cerramos con la nave nodriza: el O' Pazo de Lugo. Si en el libelo que escribí contra el Portomarín ya indiqué que desconocía los lazos que unían a los tres mesones, gracias a las página web mesiánica que tiene el O Pazo he salido de dudas. Fueron los hermanos Francisco y Marcial (como dos monjes benedictinos) quienes, llegados de tierras lucenses en 1971, emprendieron una odisea empresarial con la apertura del  O' Pazo, El Chacón en 1977 y  el Portomarín  en 1982... evidente homenaje a Naranjito. 
 
Han pasado los años y las cosas parecen bastante claras: la joya de la corona es éste mesón flagrantemente customizado a lo rústico-pecuario. Ese suele ser el estilo decorativo preferido por los provincianos con dinero a la hora de elegir casa rural con encanto cuando deciden ir a joder el campo con sus Jeeps. Todo es robusto y contundente: el pórtico de salón de bodas de Usera, la barra, los muros, las bancadas, las vigas de madera (seguramente innecesarias), la comida e incluso los camareros y cocineros filipinos tan bien adiestrados como los Beagles que esperan a las puertas de la aduana los vuelos llegados de Bogotá. El sitio está limpio, demasiado limpio en comparación con las otras dos sucursales. Eso quiere decir que está concebido y acondicionado como restaurante aunque aparente ser un mesón tradicional. Quieren hacer criba defenestrando a los comedores de salchipapas y a los boceras de "sol y sombra" apegados a la roña, pero sin rechazar a la clientela de clase media-baja que, una vez al mes (ahora cada tres meses gracias a la crisis), salen, como Nosferatu, de las catacumbas donde viven para cumplir con un ritual tan predecible como angustioso: comer en familia. 
 
La primera vez que entré fue hace cinco años. Allí estaba libando Agustín García Calvo. Había dado una charla en Cruce (Doctor Fourquet, 5), que presencié en diferido. Mi cabeza viajaba a la tienda del chino con sus yonki-latas de Mahou verde en neveras que no enfrían. Para honrar tan ilustre presencia le endilgaron unas patatas con chorizo encharcadas en aceite. Lo más probable es que, con alguno de sus poemas, sólo se les ocurriera servirlo a la gallega... Años después he regresado varias veces y siempre he salido pensando "por qué coño he vuelto". Si quisiese comer pulpo o lacón por la zona seguramente lo elegiría; pero para tomar un par de cañas resulta decepcionante. De entrada, un buen observador puede apreciar que tienen dos tipos de aperitivos: el A (para los conocidos de la casa) consistente en tortilla, chorizo, queso..., y el B (para los no parroquiano) ... las odiosas patatas con pomada (alioli) o gambas. Aunque estén ricas odio que me pongan gambas en los bares. Después me llevo los dedos a la nariz y es como si hubiese hecho un frotis a Marujita Díaz.
 
Comprendo que se premie a los habituales pero no de forma tan evidente... el agravio comparativo resulta grosero y, sobre todo, estúpido ya que, lo lógico, sería fidelizar a nuevos clientes agasajándoles, como mínimo, igual que a los veteranos.  
No hay quejas respecto al servicio... quizá  resaltar la diferencia entre la eficiencia autómata de los camareros filipinos y la habitual pachorra enfurruñada de esos camareros españoles expertos en todo tipo de conversación... deportes, política, física cuántica o urología. Me lo pusieron fácil a la hora de decidir si dejaba propina. 
 
En su lugar fotografiamos este bodegón formado por lacones resecos, bayetas gangrenadas y cúmulos de harina que serían sospechosos a según qué hora. 
"¡Adentro ratones, que todo lo blanco es harina!"

 
Arnyfront78

lunes, 8 de julio de 2013

Casa Parrondo



Calle Trujillos 9
Metro: Opera (líneas 2,5 y R) Santo Domingo (línea 2)
Caña (no hay botellín): 2€ (27cl aprox) (Heineken)
Tapas: patatas al cabrales, patatas con una salsa brava sui generis, una especie de bocatines grasientos con un chorizo asturiano bastante bueno, empanada, tortilla campesina con chorizo...
Especialidades: carnes, pescados, fabes, chorizos a la sidra, bollo preñao, empanada...








En Madrid, como en la mayoría de metrópolis, el número de bares y restaurantes internacionales o regionales es incalculable. El toque exótico (ya sea con temática  zíngara o manchega) suele ser una buena baza para atraer clientela. Parece como si, de forma inconsciente e irracional, asociáramos la diferencia con la calidad. Así que, a menudo, distinguirse funciona, aunque sea una patraña. Y digo patraña porque, al final, esos bares gallegos, asturianos, andaluces y vascos poseen las mismas excelencias y carencias que el resto que son autóctonos. Sin embargo nosotros lo percibimos de forma distinta...


La calle Veneras es una de esas estrechas calles madrileñas que dan la espalda a la Gran Vía de Madrid. Por algún tipo de tara congénita leí en su día el nombre como "Venereas". Siempre me pareció un nombre inmejorable para poner un bar (sobre todo de neones) y por eso veo normal que haya más bares que portales. La calle tiene unos 300 metros de longitud pero, por no sé que razón, una parte se llama Veneras y la otra Trujillos. En cualquier caso es un callejón cojonudo para enfilarlo sobrio y acabarlo reptando (si uno se dedica al menos una caña en cada bar). Casa Parrondo (sidrería) es uno más de esos bares que jalonan la calle pero, vaya usted a saber por qué, se ha erigido en el señor de la misma. Parece mandato divino porque, a merced de los comentarios que fluyen por internet, se puede concluir que está sobrevalorado. La gente lo tacha de masificado, incómodo y abusivo en los precios; que se come bien pero que no es para tanto. Otros lo pontifican con sus críticas y sobre todo con su presencia...


 Mi experiencia es confusa al respecto. Es verdad que, aparentemente, el sitio invita a cogerse un chuzo de la hostia, y que una coreografía formada por guirnaldas de pimientos secos y estalactitas de panojas reclaman hacer parada al sediento; pero aún así no termina de convencerme...ni el precio, ni las tapas, ni el ambiente, ni el servicio. Vamos por partes:
1. Respecto al precio de las viandas mejor que leas la carta... Puede que crean que tienen la mejor empanada, el mejor bollo preñao y las mejores fabes de Madrid, pero no es así. Por otro lado la caña pasó en menos de un año de costar 1,30 a 2 leuros (los precios y los bigotes del dueño y algún camarero mimetizado van en alza). Además tienen la tendencia a ponerte una doble cuando pides una caña (nunca ocurre al revés). 

2. La tapa es abundante... ya puede serlo: patatas con salsa de cabrales (aceptables aunque rebenidas) o las mismas patatas con una especie de salsa de tomate reseca que ni siquiera pica (inaceptable a todas luces). Cuando pides la tercera doble y la cuenta se paga con billetes en vez de monedas, cambia la calidad del aperitivo.


3. Se puede pasar por allí a media mañana o a primera hora de la tarde de un día laboral, pero inténtalo un sábado a las 21:00. Ya sé que muchos otros sitios están llenos también, pero no deja de sorprenderme la querencia del ser humano madrileño por entrar allí donde no se puede, por tomar la caña a modo de ducha y poner el plato del aperitivo sobre la permanente de alguna señora mayor. 

4. Poco que decir respecto al trato: cordialidad estreñida, falsa amabilidad. Tras la sonrisa escocida se entrevé la mala hostia del personal. Camareros seguramente hasta los huevos de aportar duro trabajo y recibir, como premio, horas extras. 

¿Cuál es mi conclusión?... que Casa Parrondo se ha acomodado a la leyenda y ha dejado de dar aquello que antaño ofrecía (buena relación calidad/ precio). La gente se ha dado cuenta. Tiempo al tiempo que deje de ir por allí. Las leyendas tardan mucho más en forjarse que en desvanecerse. 


 Durante el verano de 2008, dos mujeres  que se dieron un beso fueron expulsadas por el propio Nicolás Parrondo al grito de "basura, este bar no es para vosotras". Tuvo que pasar un año para que, en sede judicial, se disculpase ante las agraviadas. Hablamos del mismo personaje pegado a un bigote que tan cariñoso y afable aparece en la fotos que engalanan las paredes de la sidrería junto a Quini, Mar Flowers y, seguramente también, las mama-chicho. Parece ser que este "Mocito feliz" quiere que los clientes coman y beban como cerdos, pero no que se amen. 
¿Un beso lésbico es más indecoroso que una tripa llena de grasa? 

PD: La política de publicación de comentarios en Tabernomaquia no es democrática, está basada en una estricta censura previa que sólo tiene un precepto: en la puta vida publicaremos comentarios que nos insulten. Por eso publicamos el resto de comentarios aunque sean impostores, es decir, emitidos por el propio negocio haciéndose pasar por comensales bien agradecidos que lazan encarecidos panegíricos a la red. Tabernomaquia es un nido de tramposillos y por tanto nos solidarizamos con gente de nuestra calaña. Pero el compromiso adquirido con los lectores nos obliga también a ser honestos y a avisaros de que todas (y digo todas) las loas publicadas con anterioridad a esta posdata conducen directamente a www.casaparrondo.com. También avisamos de que si continua este incotinente torrente de elogios rebosantes de desfachatez nos veremos obligados a no publicarlos por aburrimiento. No hay crítica ni reprobación a dicho proceder... todos los bares, restaurantes y hoteles del mundo lo hacen. Si yo tuviera un negocio probablemente también lo haría. 
07-07-2014

Arnyfront78

martes, 2 de julio de 2013

El Balcón de Griñón

Paseo Puerta del Ángel, 4
Metro: Lago (Línea 10)
Caña y botellín: 1,20€  Tercio: 1,70€. Copa de cerveza en la terraza: 2,30€. El grifo y el cristal son de San Miguel.  
Tapas: Ensalada campera, boquerones en vinagre, tortilla,  patatas con pomada, canapés, ensalada de pasta....
Especialidades: Los pescados y carnes, el pulpo y el lacón a la gallega, los ibéricos...
Menú del día por 7,90€ (4 primeros y segundos a elegir). Menú especial por 14,90€.
Salón de banquetes para celebraciones.


 Hace ya muchos años, más de los que juraría que han pasado, mi tía Raquel se presentó en cá de la agüela María con participaciones de lotería de navidad de A´Casiña, un restaurante gallego situado en el vestíbulo de la Casa de Campo. Mi abuelo echó un vistazo a los números a los que el mesón había jugado. Todos acababan en 36, 37, 38 y 39. Coincidían con fechas claves para la victoria del bando nacional en la Guerra Civil Española (el día del alzamiento, el asedio a Teruel, la Batalla del Ebro, el triunfo sobre Madrid...). 

 Súbitamente enrojeció de ira. Excombatiente del bando nacional, aun siendo un crío, se apuntó a la guerra  como el que va al Portaventura. Tuvo que disparar su Mauser contra otros chavales como él, distantes de la envergadura real de una guerra. No hablaba de ello, pero la amargura estaba enquistada. A pesar de formar parte de los vencedores, no quedaba en él ni un ápice de condescendencia para con aquellos que habían instaurado la coacción, el miedo, la delación y  la represalia como rasgos fundamentales de la convivencia entre españoles durante cuatro décadas. La lotería no tocó. Hubiera sido una recompensa demasiado cínica, pero mi desprecio, desde entonces, hacia aquellos que hacen chistes ensangrentados al calor de eructos de cantina, ha ido in crescendo

Nunca pisé por A´Casiña a pesar de que, en el hall of fame del garito, tenían una foto de Loreto Valverde con abrigo de astracán. Durante años he pasado por delante de ese amenazante caserón que es el Pazo de Pontevedra (vestigio bien conservado de la antigua Feria del Campo de Madrid), camino del Lago de La Casa de Campo para hacer el Test de Cooper en la hora de gimnasia, sin deparar en sus sólidos muros, salvo cuando una comitiva nupcial, a las puertas del restaurante, requería mi atención.

 A´Casiña y la mayoría de restaurantes afamados que jalonan la Avenida de Portugal (El Currito, La Pesquera, Araceli, José Luis....) han vivido y viven a espaldas del barrio. La mayoría son salones para banquetes con precios prohibitivos, de ahí que los nativos del Paseo de Extremadura no pisemos mucho por allí. Los 40€ por barba no te los quita nadie y la cosa, a este lado del río, está como para comprarse un sedal y ponerse a pescar carpas. Pero A´Casiña cerró y, en su lugar, una empresa familiar con más de 30 años de experiencia hostelera en las inmediaciones de la capital (Parla, Getafe y Griñón), se ha instalado en el Pazo y ha emprendido una política agresiva de precios contra el rancio establishment de hosteleros de hoja perenne. 

Las cañas y botellines estaban a un euro hasta hace una semana, los tercios a 1,70€ y, en su amplia terraza, las copas de cerveza cuestan 2,30€. Han reventado los precios oligopólicos de los menús de la zona bajándolo a 7,90€. Se puede elegir entre 4 primeros y  4 segundos. Además la carta ofrece raciones, carnes y pescados a precios moderados. Recientemente celebraron una semana del pescaíto frito con calamares, boquerones, bienmesabes... a 1€ el plato. No pudimos resistirnos a pedir unos mini-krakens tiernos y bien rebozados que parecían chopitos. Pero en cuestión de días la cerveza ha subido a 1,20€ y, de aperitivo, nos sacaron una ensalada campera  que hablaba cinco idiomas y unos canapés que podrían servir de empaste dental. Así que lo pongo en cuarentena en espera de ver si el botellín tiene un precio estable o cotiza en el Nasdaq


 Si continúa como hasta hace poco, El Balcón de Griñón podría ser un ejemplo de cómo se puede ofrecer calidad a precios populares en un entorno privilegiado. Pero si la táctica de precios asequibles sólo ha durado lo que tarda Nick Nolte en matarse un quinto y, al final, acaban poniendo el menú a precios de Zalacaín, le van a ir dando por el culo como me llamo Arnyfront78. 
 
Ésta va para todos los de la zona y para los que se sientan aludidos... ya está bien de hacernos creer que, cuanto menos cantidad haya en el plato y más dígitos tenga la cuenta, mejor es la comida. No estaría mal releer "El traje nuevo del emperador", ese cuento sobre dos bribones que cosieron, para el rey, un traje que nadie veía pero todo el mundo veneraba. 
Así es la hostelería de élite: puntadas de hilo invisible con espumas de ausencia. No me extraña que estemos estreñidos.

Arnyfront78


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Madrid, Madrid
Vuelve la afamada fórmula de alcohoy y literatura como guía chusca del Madrid contemporáneo